Informe subjetivo de las aventuras en Uruguay

Editor invitado Pedro Cazes Camarero

“No sale el Cacciola” dijo el joven del mostrador después de recibir un corto mensaje telefónico. Habíamos tardado casi dos horas en llegar a esa oficina húmeda del Tigre mientras la sudestada saboteaba nuestros planes. Cacciola es el barquito que te lleva a Uruguay por Carmelo. “Volvamo al centro, qué va?cer” dijo Jorge. No fue tan fácil: afuera había medio metro de agua. El enano demente que manejaba el ómnibus fue a buscarlo. Todo el mundo suspiró de alivio. El enano demente estacionó al revés. “Qué hacés, salame” le gritó un flaco bien vestido de dos metros de alto. El enano demente apagó el motor, sin contestar. “Pero señor, no ve que así estacionado, para subir al ómnibus hay que darle la vuelta y tenemos que mojarnos” intentó razonar una dama mayor. Nada. El enano, imperturbable. “Petiso hijo de recontra mil putas, dá vuelta el colectivo, la concha de tu madre” gritó un señor de corbata. Nada. “No le grite así que es loco” dije yo. El enano demente sacó la cabeza por la ventanilla y aulló con voz atiplada: “No soy loco, entendés”. Metió la cabeza y cerró la ventanilla. La gente empezó a descalzarse y arremangarse los lienzos. Nosotros también. Nos metimos en el agua. Estaba tibia y color marrón. Cuando di la vuelta al micro, en la puerta estaba el enano con una barreta en la mano. “No soy loco” me dijo, con ojos extraviados. “Bueno” contesté. El enano me ayudó a subir mi bolso, sin largar la barreta. Cuando estaba secándome subieron Jorge y Guillermo. “¿Tan todos?” preguntó el enano demente. Nadie respondió. El colectivo arrancó bajo la lluvia, de vuelta al centro.

Al día siguiente era sábado. Desayunamos en un barcito de Constitución mientras llegaba el ómnibus. Los demás pasajeros aguardaban en silencio bajo la llovizna. Ocho menos cuarto llegó un nuevo chofer, con el mismo colectivo. “Lo internaron al colifa” comentó el flaco bien vestido de dos metros de alto. Nadie repuso nada. En Tigre nos hicieron esperar exactamente tres horas y catorce minutos antes de embarcar. Salió el sol y la multitud humeaba mientras ascendía por la pasarela. Zarpamos. En medio del río Luján la barcaza se detuvo. “Qué mierda pasa” dije yo. “Vení mirá” dijo Jorge. El barquito anterior se había descompuesto y estaban evacuando a los aterrorizados pasajeros, por una tabla sin baranda, a nuestro barco. “Apuren apuren” gritaban por megáfono desde la lancha de la prefectura que supervisaba la operación. Zarpamos nuevamente. “No puede ser” dijo Jorge. De nuevo detenidos. Otro Cacciola para evacuar antes de salir del brazo fluvial congestionado. Nadie se cayó de la tabla. Una gorda con un vestido estampado fue rescatada con éxito. Nuestro barquito, hacinado, marchaba lentamente. Cinco horas y media después llegamos a Carmelo. En la cubierta lloviznaba sobre nosotros.

Medianoche. Las instrucciones para llegar a Lagomar estaban en mi bolso, pero por la oscuridad no era práctico buscarlas porque no podíamos leerlas. Cerca de la terminal Tres Cruces de Montevideo aguardábamos un colectivo que nos llevara al evento. En la parada había un flaco uruguayo que parecía experto. “Tómense el ciento siete, pero no el que diga “Avenida Italia” sino el que diga “ruta Gianastasio”” recomendó el experto. Paró un colectivo. En el cartel decía “Avenida Italia”. Una vaga sospecha me hizo arrastrar el bolso hasta el micro. “Ese no” advirtió Guille. “¿Va a ruta Gianastasio?” le pregunté al chofer. “Todos van” contestó el hombre. “La ruta Gianastasio es la avenida Italia”. “La puta que los parió a los contestadores compulsivos que no saben decir no sé” dijo Jorge. “Subí, dale” dijo Guille. El ómnibus arrancó. El experto quedó solitario, en la parada.

“Qué tal” nos dijo el rubio grandote con un escarbadientes en la comisura de los labios. “¿Quién acredita a los concurrentes?”pregunté. “No está. Por ahora dejen todo por acá y vayan a comer”. Fuimos. Lavaban las ollas. “Vamo? a comprar” sugirió Jorge. “Yo me quedo y trato de anotarnos” dije yo. Entré a mear a la choza. Un sorete gigante en el fondo del inodoro. “Cierra la puerta” se escuchó desde el dormitorio. Me sobresalté. No había visto a la chica enfundada en una bolsa de dormir. “¿No echan agua?” inquirí. “Me da asco” dijo ella. Acento chileno. Agarré una olla de cinco litros. La puse bajo la canilla de la pileta. “GGG” dijo la canilla. Una cuadra y media más allá había otra choza con lavatorio. No encontré espacio entre la canilla y el lavatorio. ¿Cómo lleno la olla? Una caña con sahumerios prendidos. A la mierda con los sahumerios. Puse la caña bajo la canilla, la olla en el piso. Con la olla llena, volví al baño del sorete. Lancé los cinco litros de agua sobre el sorete. Nada. Era insoluble. “Es inmortal, huevón” dijo la chica de la bolsa de dormir. Cerré resignado la puerta. Afuera Guillermo luchaba para armar la carpa. No pude ayudarlo. Jorge descubrió que Guillermo, desanimado, estaba sentado sobre la verdadera estructura de la carpa. Armamos la carpa. Jorge me increpó por no haber traído una linterna. Tenía razón. Entré a la carpa y me introduje en la bolsa de dormir. “Hasta mañana” dijo Guille. En la carpa de al lado roncaba Jorge suavemente. Al fondo, alrededor de una hoguera, los militantes autónomos del Cono Sur aullaban canciones revolucionarias. Tambores sonaban lejos del río.

(del 24 al 28 de febrero de 2006. Encuentro de grupos autónomos del Cono Sur en Lagomar, cerca de Montevideo, Uruguay).