Houellebecq al teléfono

Menos mal que tenemos una filósofa al lado que nos explicó por qué el título de la nota de Alan Pauls, publicada en Página/12, sobre La posibilidad de una isla es el mejor para referirse a Michel Houellebecq (1958). El titulo es El francés más actual.

Parece un chiste del protagonista o una mueca de Houellebecq, porque con esa novela cruzamos leyendo del 2005 al 2006 en una isla del viejo Paraná. Dinámico y obligándonos a tomar posición, incluso en las miserias más cotidianas, La posibilidad de una isla se disfruta muchísimo. Y de eso prefirieron hacer caso omiso todas las críticas, como si Houellebecq fuera el perverso ventrílocuo del viejo mundo.

Los españoles se han enojado un poco con Houellebecq por algunas apreciaciones sobre la cultura que ha hecho en la novela, al punto de salir a pegarle groseramente -pero siempre en tono de crítica pensante- por su traumatismo sexual “hasta el último pelo del sobaco”. Los personajes españoles de La posibilidad de una isla parecen gente del siglo XXI, mientras que a los franceses se les ve estancados en el XX

Nadie se atreve a negarle el éxito pero (o por eso) las críticas se ocupan de él, que es un escritor volcánico y apocalíptico en una Francia en crisis que se resquebraja pese a y por su intachable modernidad. Allí los medios conservadores como Le Figaro han pulverizado el trabajo de Houellebecq en La posibilidad de una isla, y en medios más progres como el Le Monde se ha dicho que es “una buena novela, su obra maestra”, cuando no salieron a defenderla (¿de qué?)

Por supuesto, las críticas ni se acercan a la obra del francés y cuando no pegan por lo bajo (sí ahí abajo), o por lo fácil etiquetándolo en (lo que algunos aseguran que existe y que conocen como) la posmodernidad, lo hacen desde la alta cultura (suponiendo, claro, que existe la alta, la media, la baja, la renga, la cool, y algunas más…), como The New Yorker que define al arte de Houellebecq como “insolente“. También leímos hace unas semanas una nota en Página/12 que lo incluía entre los nuevos intelectuales europeos conservadores…

El fenómeno Houellebecq en la Argentina irrumpió con Plataforma, una novela que a muchos les puso los pelos de punta por su visión amoral de la explotación sexual en el tercer mundo. Pero a Houellebecq se le complicó el escenario mediático cuando en septiembre de 2002 fue acusado de incitación al odio racial a causa de unas declaraciones en que afirmaba la inferioridad cultural de la religión islámica; aunque fue exonerado de toda culpa, eso incitó al autor a vivir fuera de Francia y a residir desde entonces en España.

Algunos también se incomodan con los dos temas principales de La posibilidad de una isla: la clonación y la religión. Tal como sintetiza Pauls en Página/12:

El protocolo de la vida eterna incluye cuatro pasos: dejarse tomar la muestra de ADN que servirá para la clonación, ceder bienes y riquezas materiales a la causa elohimita, redactar un testimonio autobiográfico (un “relato de vida”) y por fin suicidarse en público. De la larga cadena de clones que depara ese primer retoño celular, Houellebecq rescata principalmente dos: Daniel 24, un neohumano algo pomposo que describe con mayúsculas las metamorfosis del planeta (“la Gran Desecación”, “la Hermana Suprema”, “el Retorno de lo Húmedo”, “la Tercera Reducción”); y Daniel 25, que vive solo, no conoce el sufrimiento ni las emociones, ignora la sexualidad y mata el tedio de ese posmundo sin lunas ni soles haciendo lo mismo que miles de años atrás hacían ?con un desapego bastante similar? los monjes en los conventos: glosar las memorias de un remoto antecesor.

En La posibilidad de una isla hay una recreación de la secta raeliana, en la que Houellebecq estuvo “en una de esas semanas de inicio, sin video, sin grabadoras, de incógnito. Me interesó mucho, pero no me gusta hablar de eso”. Explica Houellebecq en una entrevista que le concedió a Javier Esteban. “Yo anticipo procesos científicos que podrían modificar nuestro futuro como especie, pero que, por otra parte, no son mucho más importantes que otros procesos de naturaleza religiosa que están en mi novela y que marcarán el futuro”.

Su padre era guía de alta montaña, y su madre anestesista convirtida más tarde al islam. Cuentan que ambos se desinteresaron muy pronto por él: ¿de allí el desapego? ¿la denuncia de las miserias afectivas del hombre contemporáneo? Algunos se lo imaginan monologando en una cabina telefónica justo en el fin del mundo… otros le reprochan sus declaraciones respecto de la clonación, o la clonación humanizada -furtiva y sexual pero también solitaria y masturbatoria- que crea en La posibilidad de una isla.

Houellebecq -que empezó a publicar poemas cuando conoció en 1985 a Michel Bulteau, director de la Nouvelle Revue de París- no deja de hacer referencias a Balzac, y sus influencias más emergentes fueron Bret Easton Ellis , Emmanuel Carrère, Yves Bichet, Lydie Salvayre, Philippe Vilain y Molly Keane; como en la la física cuántica, Werner Heisenberg, Bernard d’Espagnat y Michel Bitbol. Es ingeniero agrónomo y trabajó como informático en “una gran compañía, con muchos empleados. Tenía una vida como la de todo el mundo y sobre todo un proyecto de vida banal”, según sus propias declaraciones. Está casado, tiene un hijo y ahora lo perturba que la gente lo trate como alguien famoso: “es asqueroso ser una estrella, en todos los sentidos”. No es para creerle todo, claro, y sus entrevistas no son tan buenas como su literatura. La posibilidad de una isla es una gran novela. Y él un escritor tan ágil como apocalíptico y atrapante. Buscarle un lugar en la izquierda o en la derecha es un error. Houellebecq expresa, quizá, menos el choque de coaliciones ideológicas de la modernidad que la crisis cultural de la Unión Europea. Es, sin duda, el francés más actual.

Enlaces relacionados:
Houellebecq donne sa langue au Chat des inrocks
Houellebecq en del.icio.us
www.houellebecq.info


Info/Lo que viene: En febrero próximo Oskar Roehler presentará su adaptación al cine de la novela de Houellebecq Las partículas elementales.