Hackear el deseo

Internet, luz de nuestra vida, fuego de nuestras entrañas. Nuestro pecado, nuestra alma. In-ter-net: la punta del mouse iniciando un viaje de tres clicks para llegar, en el tercero, a la pantalla. ¿Está Internet definiendo a una generación a través de la reestructuración de la sexualidad? Si pertenecer a una generación significa integrar una experiencia colectiva tras la cual ya nada será como antes, el objetivo siempre ha sido el mismo: fundar una sensibilidad y definir una identidad. Sin embargo, ninguna generación ha podido apropiarse nunca de la gran experiencia vital de todas las épocas: la experiencia sexual.

Para quienes creen que la Web no es más que una efectiva red de distribución de sexo, hay algunos hitos. La primera sex star global, Pamela Anderson, fue también la protagonista de los primeros homemade videos digitales. Su lúbrica luna de miel de 1997 junto a Tommy Lee, baterista que quedará en la Historia por los 39 minutos que revolucionaron la noción de tráfico de contenidos online a finales de los noventa, marcó una parte del despegue de la cultura digital actual: lo privado se volvería cada vez más público y lo prohibido cada vez más ingenuo.

Un poco antes, la globalización también había configurado su propio mapa sexual. Y lo hizo a través de la fuerza del mercado.

Plataforma (2001), la novela de Michel Houellebecq, narra ese placentero choque de civilizaciones alrededor de una sexualidad que –como una mercancía más– demandan países centrales y ofertan países periféricos, hasta detectar el germen de un futuro inmediato: “Nos hemos vuelto fríos, racionales, extremadamente conscientes de nuestra existencia individual y de nuestros derechos; ante todo, queremos evitar la alienación y la dependencia; para colmo estamos obsesionados con la salud y con la higiene: esas no son las condiciones ideales para hacer el amor. En Occidente hemos llegado a un punto en que la profesionalización de la sexualidad se ha vuelto inevitable”.

¿Es esa “profesionalización de la sexualidad”, encumbrada hoy en la Web, la gran experiencia que diferencia a las últimas generaciones del siglo XX de las primeras generaciones del XXI? “La Web y la sexualidad son dos planos diferentes: uno se refiere a la natural tendencia humana y la otra a un artefacto técnico”, marca distancia el psicoanalista Enrique Novelli, de la Asociación Psicoanalítica Argentina y coautor del libro Enigmas de la sexualidad.

A pesar de la expansión digital, para el especialista la experiencia a través de la Web continúa reservándose ciertos elementos: “Las personas con predisposición al fantaseo prefieren mantenerse a distancia de la realidad del encuentro sexual, en el cual suelen padecer ciertas inhibiciones”, explica. ¿Pero cómo atraviesan esa experiencia digital los más jóvenes? “La adolescencia es una etapa de construcción de identidad: los adolescentes se preguntan quiénes son y cómo se ven ante los demás. Las redes sociales los ayudan a interrogarse sobre sí mismos. En lo que deciden revelar y en lo que prefieren omitir de su perfil, reflexionan sobre quiénes son y qué quieren que los demás sepan de ellos. En este ejercicio de construcción de identidad, se ensayan estrategias de comunicación y prueban respuestas que los validen socialmente. En este juego comunicativo reside el placer para el adolescente. Un placer que se potencia por el deseo de ser aprobado por sus audiencias”, reflexiona Roxana Morduchowicz, especialista en comunicación y culturas juveniles y autora de Los adolescentes y las redes sociales.

Para algunos miembros de esta nueva generación digital –los guinea pigs, según la prensa inglesa–, la experiencia online es un hecho casi constitutivo de su educación sentimental. “Cuatro de cada seis menores de 16 años acceden de manera regular al porno en Internet, mientras que uno de cada tres niños de 10 años ha visto material explícito”, señala un informe realizado por el parlamento británico. “Los adolescentes son incapaces de mantener relaciones normales”, puntea el documento, cuya conclusión –más escandalizada que reflexiva– es que “los chicos crecen adictos al porno online”.

La reacción del primer ministro David Cameron fue simple: si las empresas tecnológicas pueden restringir el acceso a los “contenidos adultos”, deben hacerlo de inmediato. Pero la censura –lo supieron bien quienes entre el siglo XIX y XX fueron atravesados por la experiencia psicoanalítica– no es más que parálisis. “En el antiguo régimen, el amor precedía al sexo, y eso había dejado de ser así para siempre”, describe su propia brecha entre pasado y futuro Martin Amis en La viuda embarazada, su revisión de la revolución sexual de los años sesenta.

Surcar la nueva ecología del sexo como una cuestión de prevenciones y definiciones sobre qué es “normal” es ahora probablemente la forma más empobrecedora. La sexualidad, tal como existe y se sostiene en la Web –que es, por otro lado, el espacio donde florecen todos los otros intercambios sociales–, implica sumergirse en un complejo universo de protocolos, sensibilidades e identidades que buscan renovarse. Algo que ni siquiera parece tener que ver con los viejos cánones de la transgresión y lo prohibido, sino, por el contrario, con la construcción de nuevos espacios y nuevas reglas de inscripción e interacción desde el momento en que se llega a la red. “Internet generó nuevas formas de sociabilidad juvenil. La interacción hoy está mediada por una pantalla. No requiere estar presente. La mediación de la pantalla y la ausencia de imagen física permiten a los adolescentes construir una relación con el otro de mayor libertad, con menos inhibiciones”, dice Morduchowicz.

En ese sentido, Facebook y Twitter, las más populares entre muchas redes sociales, parecen funcionar como la “segunda gran oportunidad” para aquellos a quienes la desidia, la fealdad, la timidez e incluso la inteligencia (encarnada en la castidad del nerd) habrían dejado rezagados en la carrera del deseo treinta años antes. Los mails intercambiados tan rápido como se escriben entre 2.000 millones de usuarios de Internet, el uso calculado de botones como “Me gusta” en Facebook –con su contraparte: el álbum de fotos que ha profesionalizado cualquier exhibición amateur entre 800 millones de usuarios– y los etéreos DM (Direct Message) entre los 200 millones de usuarios de Twitter son elementos con los que se codifica ahora la clásica danza del cortejo y la curiosidad erótica entre usuarios. Pero eso no significa que el espectro de la desilusión vaya a desvanecerse. “Si bien no todos los encuentros producidos por medios cibernéticos terminan mal, la mayoría de ellos promueven desilusiones. Estas desilusiones se relacionan también con las diferencias respecto de lo deseado, que se expresa con las fantasías, entendiendo a éstas como las escenificaciones del deseo”, explica Novelli.

Con el antiguo auge del porno amateur como primera conquista sobre el mercado profesional del sexo (primero a través de la mímesis y luego de la parodia), Internet, mientras tanto, promete ser también uno de los más efectivos democratizadores del deseo del siglo XXI. Basta registrar el éxito de convocatoria de fiestas masivas organizadas para y por usuarios de redes sociales –como la Rispé, con su séptima edición en Buenos Aires– para encontrar en la Web uno de los pocos triunfos contemporáneos de la modernidad: un uso de la tecnología a través del cual la organización racional y colectiva de las posibilidades humanas, en oposición al horizonte de competencia descarnada bajo el que suele regirse la Naturaleza, ha triunfado por sobre la frustración sexual (elemento que David Fincher tuvo presente al retratar al Mark Zuckerberg de su película The social network, un nerd que inventa Facebook para vengarse de una mujer).

“El investigador Dan Ariely creó un programa en el que se puede reproducir un esquema de afinidades sociales a nivel virtual. Los participantes ingresan con un ícono y en la pantalla hay otros íconos de libros, películas y músicas. Cuando dos usuarios coinciden en algo, inician una conversación informal, parecida a la que podría darse en el mundo no virtual. Un inconveniente es que la excesiva oferta puede perjudicar la elección (hay evidencia científica sobre esto en estudios de citas a ciegas) porque aumenta el arrepentimiento y una pregunta obsesiva que destaca Zygmunt Bauman en su libro Amor líquido: ¿No me estaré perdiendo algo mejor?”, opina la filósofa y doctora en ciencias sociales Roxana Kreimer.

Para los nativos digitales, es decir, para aquellos que han nacido en sincronía con la expansión de las potencialidades de Internet, la Web es también una plataforma con espacios activos destinados al placer y la felicidad. Una articulación exitosa de trabajo colaborativo, conexiones en red y los mismos objetivos humanos de siempre, aún con sus claroscuros. “El deseo es siempre un intento de recuperar lo añorado. Y las personas, para tratar de realizar sus deseos, desplegarán distintas actividades. Si estas se llevan a cabo en la realidad, la satisfacción alcanzará un nivel mayor de sensación de bienestar. Si por alguna razón esas actividades se mantienen en el plano fantasmático, el placer alcanzado tendrá un nivel menor”, advierte Novelli. ¿Puede entonces la web fundar una nueva noción de placer? “Aunque creo que la idea de placer no cambiará, sí es posible que las personas con una cierta predisposición a evitar encuentros con los semejantes, desplegarán ideas de cómo alcanzar aquello que anhelan, a pesar de sentir que en la relación vincular algo se los obstaculiza”, opina el especialista.

Del otro lado de ese aparente potencial performativo, sin embargo, perdura el quietismo del viejo porno. Al que, por supuesto, aún se le agradece la motorización de muchos avances técnicos vitales en el mercado audiovisual reciente. Según los analistas de datos, el 12% del total de contenidos en Internet es pornografía y cada segundo unos 30.000 usuarios están viendo porno, mientras que el 25% de las búsquedas están referidas a más pornografía. Pero aún si existiera el historial de cualquier navegación capaz de resistir una inspección, la pregunta sobre “moralidad” de esos datos continuaría siendo incorrecta.

Organizaciones como Internet Watch Foundation (IWF), mientras tanto, se encargan de auditar desde hace 15 años, con la ayuda de corporaciones clave como Facebook, PayPal y Google, aquellas zonas donde el acceso a la información online entra en fricción con asuntos como el abuso infantil. A pesar del fantasma de “la adicción al porno online”, en su último informe la IWF llegó a conclusiones favorables: mientras el número de denuncias de sitios ilegales se incrementa, la cantidad de estos sitios (concentradas en los Estados Unidos y Europa) decrece desde 2006.

Con casi 28 millones de usuarios en la Argentina y políticas públicas y privadas que privilegian su expansión, nada indica que la lógica global de hacking a los viejos poderes morales y sexuales que establecieron hasta entonces sentidos únicos e inapelables vaya a dejar de crecer. La Web, así, intenta reescribir los códigos del deseo. “Los adolescentes se animan a más, se atreven a expresarse de una manera diferente del cara a cara. Esta es una señal distintiva de esta generación: encaran su vida social y la afectiva entre pantallas”, concluye Morduchowicz.

Ahí están la exuberancia redondeada de un disco rígido y el grosor de archivos compartidos vía P2P; la velocidad satisfactoria o precoz de transferencia de un canal de streaming y la longitud libidinosa de 140 caracteres; las sesiones maratónicas de un chat de madrugada, las curvas y los colores de cualquier archivo JPG.

Publicado en Revista Ñ