Hablemos de televisión

Los elogios a las grandes series televisivas creadas desde fines de los 90 en adelante y a partir de la revolución narrativa que tuvo su epicentro en las mayores creaciones de HBO (Los Soprano y The Wire) suelen remitir a dos elementos centrales para explicar la calidad de estos programas: la complejidad narrativa (tema ampliamente abordado por Steve Johnson en Everything Bad is Good for You) y la calidad casi literaria de estas series (véase el artículo de Rebecca Traister y Laura Miller en Salon.com y el de Marcelo Figueras en El País, para conocer la visión elogioso aunque menos argumentativa de un espectador no-angloparlante).

Entre tanto elogio, rara vez se habla sobre cómo lograron las series desarrollar una nueva estructura que permitiese presentar personajes complejos y dar ese salto de calidad que permitió dejar atrás el modelo 70s-80s tipo Michael Knight. Entender ese elemento es clave porque permite entender cómo la tv logra hacer algo que el cine nunca podrá por cuestiones de longitud. No es un dato menor comprender esta ruptura entre cine y tv porque es una ruptura de modelos: hasta entonces la tv miraba al cine como medio del cual aprender, pero ya no. El cine pasó a ser primo, no hermano.

El elemento en cuestión es la repersentación de la vida interior de los personajes. Encontrar como representar esa interioridad fue la herramienta clave que dio lugar a los fenómenos y fanatismos que rodearon a The Wire, Los Soprano, Lost, Six Feet Under, y siguen las firmas.

La falta de representación de la vida interior de los personajes (fuesen estos individuos o grupos) era una de las grandes falencias narrativas en la televisión de lo que podría llamarse la era pre-HBO. La forma más sencilla que lograron tener los creadores de ficciones en aquella prehistoria para explicar cosas en teoría imposibles de representar con imágenes era el abusado voice-over.

HBO encaró este problema desde su primer drama de una hora, la seria carcelaria Oz. Si bien hay algunos personajes preponderantes en el programa (el jefe neo-nazi Vern Schillinger, el abogado Tobias Beecher, el líder islámico Kareem Said , el alcalde del presidio Leo Glynn, el sociologo Tim McManus), nadie es el “dueño” de la historia. Los personajes son muchos y diversos y la historia depende de todos y de varios a la vez y entonces la narración se hace desde la visión y vivencias de cada uno y del grupo. Esta construcción narrativa fue de cierta forma la base de lo que se verá después, y mucho más logrado, en The Wire, donde existen capas narrativas, historias cruzadas y diversas tramas de altísimo vuelo.

Sin embargo, la gran característica distintiva de Oz puede encontrarse en el personaje de Augustus Hill (interpretado por Harold Perrineau, quien también personificaría a Micheal Dawson, uno de personajes centrales de la primera temporada de Lost). En todos los episodios en los que aparecía Augustus Hill, lo hacía hablándole a la audiencia en largos monólogos que narraban, muchas veces de forma elíptica, las circunstancias de vida que enfrentaba algún personaje del presidio. Presentados como un prólogo por lo general bastante surrealista, con Hill llegando a flotar en al aire o con los fondos de pantalla totalmente difusos, los monólogos cumplían la función de ofrecer contexto a la historia, un contexto que permitía ir más allá de aquello que puede narrar la cámara al tomar unos pocos planos. The Wire llevaría esta fórmula de prólogo a un minimalismo extremo para el lenguaje televisivo con la inclusión de citas, casi siempre de una sola frase, al comienzo de cada episodio, citas que resumían la centralidad del episodio.

La presentación de los monólogos de Augustus Hill no respeta en nada las demás reglas narrativas de la historia porque Oz tiene una estructura narrativa bastante convencional, sobre todo porque suele haber una historia por episodio que por lo general puede seguirse fuera del contexto mayor de la serie. Sin embargo, los monólogos sirven para indicarle a la audiencia que lo que está viendo no tiene nada que ver con lo demás, que esos monólogos son una herramienta externa utilizada para contar algo sobre la serie que de otra forma no podría contarse. Más allá de lo novedoso, no deja de ser una especie de voiceover con imágenes.

Otras series refinarían la herramienta y comenzarían a usarla para contar cosas imposibles de ver para el espectador, sobre todo los pensamientos. El uso de un personaje como medio para transmitir lo intangible pasaría a ser norma y se constituiría en herramienta fundamental para desarrollar la profundidad de los personajes en la siguiente década. Sobresalen en este sentido Dexter, Six Feet Under y, en con una presetanción mucho más realista, Los Soprano.

Llegar al punto al que lo hicieron estas series era fundamental para el desarrollo de la narrativa televisiva porque, como dice aquella vieja máxima popular, “uno es uno y sus circunstancias”. El espectador necesita conocer las circunstancias para entender al personaje y, a través de él o ella, la historia.