Guillermo Lutzky, docente and basketball coach

Este miércoles por la mañana varios despertamos con un mail que contenía en media línea la noticia de su muerte. Al rato Twitter y Facebook la multiplicaban.

Todos nuestros encuentros comenzaban igual: desde el primero, hace unos cuantos años en Educ.ar, hasta el último hace unas semanas en Buenos Aires, cuando nos juntamos a tomar café un sábado por la tarde en Palermo. En lo que duraba el abrazo, nos decíamos:

– Lutzky, querido, ¿cómo estás?
– Maestro… Muy bien, pero decime Guillermo.

Y, mientras hablábamos, cada vez que yo retomaba mi habitual práctica de llamar a las personas por su apellido, me volvía a poner en caja.

Guillermo Lutzky fue para muchos de nosotros un satélite, un despertador, un motivador. El vacío que deja en la ORT debe ser inenarrable. Al igual que el que, me consta, se siente en la red de escuelas de Buenos Aires.

Visité a Guillermo decenas de veces en la escuela, donde me invitaba para que conozca en qué y cómo trabajaban. Me presentó a muchos de sus alumnos, a varios de sus colegas. Me puso un casco de realidad virtual, me dejó jugar con los experimentos de sus alumnos, los proyectos de reciclado, el prototipo del Campus antes de que se transforme en lo que hoy es. La sensación, siempre, fue que estaba listo para redefinirse, para optimizarse.

Compartimos seminarios, llevamos adelante podcasts educativos con sus alumnos y, cuando hizo falta, respaldó con contundencia y elegancia otros proyectos comunes ante objeciones de poca monta en boca de pseudopedagogas en taco aguja. Se jugaba.

Lo cortés no le quitó lo valiente. Refinado en las formas pero muchas veces durísimo en el contenido, dijo siempre lo que pensó y repensó siempre lo que hizo. Fue un residente de las provincias más alejadas del confort intelectual, y de las zonas de comodidad y automatización pedagógica.

Se embarró como pocos en esto de intentar hacer de la escuela una institución que tenga que ver con la realidad, los intereses de los alumnos y el mundo profesional. Su blog es apenas una expresión de ello, y espero que alguna editorial se despierte de la endogamia que las adormece para transformar su producción en un libro, que sé que estaba escribiendo.

Esperé unos días para escribir sobre su partida porque decir que fue un pedagogo sin par, se lo hemos dicho en vida, por suerte o justicia. Su coraje para comprometerse con lo que le gustaba hacer -en un mundo donde sobra chatura, conformismo, turismo profesional y jubilación intelectual- es, quizá, parte importantísima de su legado.