Guerrillas

I
Tal vez sea conveniente esperar más para escribir sobre la dinámica de una web que —como bien señala Mancini— ha demostrado que puede abandonar la neutralidad. Sin embargo, mientras SOPA y PIPA se apagan prematuramente como proyectos de ley asfixiados por su propio anacronismo, comienza a sembrar su perfume lo que —a falta de comparaciones más sutiles y porque la exageración es un barroquismo honesto— huele a una militarización de la web. La posibilidad —y también la esperanza— de una guerra permite acelerar los tiempos.

II
Zonas de exclusión. Tierras de nadie. Campos minados. Territorios aliados. Territorios enemigos. No cuesta reensamblar el campo semántico de la guerra —esa continuación de la ley fallida por otros medios— sobre Megaupload, Rapidshare, Taringa, Cuevana y Anonymous, por hacer un recorte demasiado sinuoso y deliberadamente no detallista del teatro de operaciones. En tal caso, Clint Eastwood acaba de estrenar —y el viejo Clint no es, nunca ha sido, un olfateador ingenuo— su biopic sobre J. Edgar, «the most powerful man in the world», próximamente en su plataforma «pirata» amiga.

El poder, en los tiempos de Edgar, constaba de la manipulación de la información, el chantaje y la persecución paranoica y esquizoide de enemigos invisibles y, a la vez, omnipresentes (*). No voy a describir el penoso periplo público de Kim Schmitz, un soñador otoñal del capitalismo postindustrial —categoría que es realmente la única que vale la pena pensar hoy: todo esto se trata de un capitalismo obligado a abandonar sus últimas certezas industrialistas—; no voy a proponer un recorrido a través del martirologio automotor y público al que lo sometió el FBI, como en las mejores épocas del propio J. Edgar.

Lo que me gustaría dejar en el tablero, como simple exhibición de las posibilidades inmediatas en el campo de batalla, es que «estar paranoico no implica necesariamente que no te estén persiguiendo», como sugiere cierto inglés en otra pequeña perla debidamente «pirateada», Killers Elite.

¿Y si realmente hay una guerra dirigida por los aparatos represivos del fantasma del último capitalismo industrial contra la cultura contemporánea? ¿Y si realmente la cultura contemporánea ya ha comenzado a contraatacar?

III
Lo siguiente es un retrato futurista, exagerado y paranoico de una web militarizada. La miniaturización de la guerra es la guerrilla. El escenario es la web. De un lado, el poder de fuego de un ejército estable de inquisidores digitales y leyes represivas obsoletas, sostenidas por un lobby modernista de monopolios cinematográficos, musicales y editoriales.

Del otro lado, un clan rizomático y mundial de usuarios organizados en forma de flujo anónimo, fundando nuevas estrategias de propagación para contenidos con la capacidad de migrar infinitas veces hacia infinitos espacios. La barbarie, nuevamente, flexibilizando y derrotando al imperio.

IV
Un ejemplo breve: Epubgratis.me. Una de las mejores —probablemente la mejor— bibliotecas online en español de la world wide web. Perseguida por el lobby editorial, la biblioteca de Epubgratis.me subsiste a fuerza de un trabajo colaborativo y prolijo entre usuarios. La diseminación de sus libros —que son nuestros libros— es gratuita, es práctica, es sencilla.

La meta es recuperar del imperio de las culturas restrictivas el libre acceso a la información literaria, aún bajo la órbita de los caprichos prohibitivos del Poder. «Seguimos trabajando, esperamos estar de vuelta a pleno rendimiento en pocos días», es uno de los últimos mensajes de Epugratis.me. E inmediatamente después: «..huele a DDoS».

Megaupload —como antes lo fueron Napster o Kazaa, como mañana lo serán otros— fue una plataforma. Un continente. Un soporte. Desactivada la plataforma, destruido el continente, agotado el soporte, los contenidos no desaparecen. Sencillamente migran. Nuevas plataformas, nuevos continentes, nuevos soportes. Mientras tanto, los contenidos continúan su multiplicación. La web no permite artilugio —la web no debería permitir artilugio— que permita hacer de la guerrilla una fuerza más débil que la guerra misma. Y ese parece ser, al menos por ahora, el nudo más caliente del conflicto por la propiedad y control de cada uno de los bienes culturales que circulan en la web.

 
(*) En Hitch-22, la autobiografía de Christopher Hitchens, Hitch menciona que no eran pocos quienes sospechaban que las detalladas listas de estudiantes estadounidenses en Oxford, luego expulsados por la embajada norteamericana en Londres tras participar de diversas acciones de protesta civil, eran suministradas por un, por entonces, fan de los brownies de marihuana y posterior presidente demócrata, Bill Clinton. En definitiva, no se trata solamente, como en el caso de J. Edgar, de una estrategia bajo el monopolio republicano, parapolicial o gay. Dicho sea de paso: el abogado de Clinton es, desde ahora, abogado del dueño de Megaupload.