Fragmentos de un tejido

Fragmentos.jpgHemos leído el último libro de Eliseo Verón, Fragmentos de un tejido, publicado por Gedisa, que reúne a lo largo de sus tres partes artículos sobre investigaciones que llevó adelante entre 1971 y 1994.

La primera parte del libro está dedicada a los problemas que ?persisten? en, y que fueron emergiendo de las investigaciones sobre los trastornos neuróticos como estrategias comunicacionales. Ahí, Verón toma la teoría del doble vínculo y lo que Bateson llamó ?deuteroaprendizaje?, postulando que en toda situación concreta de aprendizaje se puede identificar un conjunto de reglas implícitas transmitidas en el aprendizaje mismo. Para Bateson el fenómeno denominado deuteroaprendizaje opera en dos niveles de procesamiento de información. Un nivel es el que está relacionado con el contenido de la situación de aprendizaje, pero el otro nivel ??lógico superior?? procesa la información relativa a la tarea en sí del aprendizaje. Este segundo nivel es el del ?aprender a aprender?, que responde a lo que conocemos como metalenguajes.

El primer nivel internaliza información, y el segundo elabora criterios de externalización, de comportamiento. Pero lo que señala Verón es que esos niveles pueden entrar en conflicto debido a precisamente sus presencias simultáneas en el proceso de aprendizaje, y traduce esos conflictos en ejemplos específicos de interacción. Las contradicciones inherentes a la experiencia de aprendizaje, según Verón, a la larga engendran comportamientos histéricos, fóbicos y obsesivo-compulsivos, terreno en el que no nos encaminaremos y que dejaremos en las manos del autor de La semiosis social, para quien quiera abordarlos. (De paso decimos que están muy claros y eficazmente ejemplificados en el libro, además de relacionados con destreza con el concepto de ?código? sobre el cual problematiza el autor.)

A esta altura del libro, y si ponemos el acento en la construcción social de sentido, en relación con la función ideológica del código, nos metemos sin darnos cuenta en lo que probablemente sea el tema central de Fragmentos de un tejido: la recepción y su articulación con la producción, desde la perspectiva que sostiene que ?en todos los niveles de intercambio encontramos configuraciones estratégicas que no pueden ser reducidas a la racionalidad instrumental de los actores?.

A lo largo de la obra Eliseo Verón se encarga de subrayar los límites reales para desarrollar una semiología de la recepción, pero a su vez considera una necesidad la idea de motorizar la búsqueda con ese horizonte, para que la semiología sea. La primera semiología, la de los años 60, fue la que Verón llama ?inmanentista?: se encargaba de definir y abordar un ?corpus? para luego centrarse en el funcionamiento connotativo del sentido.

La semiología de segunda generación se ubica temporalmente en los años 70, y hacía foco en la producción de sentido como influencia de las gramáticas generativas, es decir, a partir del texto se intentaba deconstruir el proceso de su engendramiento. Y finalmente tenemos (¿tenemos?) la semiología de tercera generación, que sería la semiología que no fue, aquella que Verón en los años 80 sostuvo que debía integrar a su teoría los ?efectos de sentido?, de manera de poder efectivamente abarcar el conjunto de la esfera y analizar la relación (articulación-tensión) entre las gramáticas de producción y las gramáticas de reconocimiento.

El vacío cognitivo a partir de la falta de una semiología que se encargue de las gramáticas de reconocimiento es de alguna manera una promesa que la semiología no cumplió aún, pero que sin duda será su desafío para el porvenir. Será sumamente útil por lo menos para probar si tiene o no fundamentos esa frase hasta ahora indemostrable, pero repetida y aceptada acríticamente, casi como un mito o una creencia, que sostiene que los medios ejercen una ?notable? influencia en los grupos que los consumen.

Verón menciona esta cuestión sólo de paso y la deja ahí, seguramente para no meterse en más problemas que la semiología no puede por ahora resolver.

El autor vuelve a la carga en esta obra con un tema como este, que parecía haberse ido al cielo del olvido, tal vez como consecuencia de la renovación fáctica y teórica en el plano de las gramáticas de la producción que generó la irrupción de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, panorama a priori harto más complejo en el terreno del reconocimiento por ?anárquico? y probablemente menos tipificable, al menos con las categorías que veníamos pensando los medios hasta ahora. Sea como fuere, Verón es optimista y confiesa que la problemática centrada en la producción de discursos de los medios va dibujando, ?a través de la teoría de la enunciación?, el lugar de una teoría de la recepción. Que así sea, hasta más ver. Pero mientras tanto es interesante mencionar la lectura que hace de las gramáticas generativas considerándolas desde el reconocimiento e indagando desde la posmodernidad, las teorías del lenguaje y fin de los funcionalismos.

Y ahí, claro, Noam Chomsky y su lingüística generativa-transformacional, que con su misma aparición se dio de patadas con las teorías de los actos del lenguaje y su laboratorio teórico integrado por los defensores de ?la intención de comunicación?. Hoy la vemos con más claridad pero entonces la ruptura chomskyana fue resistida. Postulaba que la lingüística no necesita de las ciencias sociales ya que el fundamento del lenguaje puede explicarse desde el funcionamiento del sistema nervioso central. Así, Chomsky sugería la posibilidad de explicar la estructura de la gramática universal que definió como ?el sistema de principios, de condiciones y de reglas de elementos o propiedades de todas las lenguas humanas, no sólo por accidente sino por necesidad biológica y no lógica?. A los funcionalistas, esta teoría les rompió todos los esquemas; postulaban que una vez que ha adquirido la lengua, el individuo puede elegir o no servirse de ella, de la misma manera que puede fiarse o no de sus propios juicios referentes a la posición de los objetos en el espacio.

Hasta ahí todos indignados, pero como lo señala Verón, la teoría chomskyana constituye una bisagra en tanto comienzo del fin del predominio instrumentalista de la modernidad, especialmente en el terreno de la reflexión sobre el sentido. En esa línea el gran hallazgo: es reprobable considerar que la ?frase? que analiza el lingüista es la misma de la que se sirve la gente cuando habla. Esta disrupción es vital para vislumbrar la preocupación de Verón, es decir el análisis de las gramáticas del reconocimiento y sus articulaciones con la producción de discursos:

?Liberado del funcionalismo, el estudio de la producción discursiva ya no tiene el soporte del sujeto parlante: el sujeto ya no es la fuente de sentido, sino más bien un punto de paso en la circulación de sentido, una posta en el interior de la red de prácticas discursivas.?

Eso explica que la producción de sentido y su reconocimiento (sus efectos) no responde a una causalidad lineal, y ese desfase entre la producción y el reconocimiento es constitutivo de la circulación de sentido. Con todo, lo que nos propone Verón, explícitamente, es ir a mirar como Alicia al otro lado del espejo.