#findelosnoventa

I
Había dejado de confiar en Maradona en 1994 y volví a confiar en el 2010. Esa fue mi experiencia con este Mundial.

En esa parábola hay un abandono a la intención misma de comprender lo popular.

II
Entiendo que lo popular no pasa por la adoración del sujeto Maradona sino por abrazar a ciegas un fenómeno colectivo que va más allá de la inteligibilidad individual. Frente al televisor, mirando a la gente recibir a la Selección, se palpaba el mismo sentimiento de despertar que habrán sentido los miembros de Contorno cuando descubrieron ya demasiado tarde que el peronismo era más que un objeto extraño.

III
Leí en Twitter a alguien diciendo que tal vez se había terminado el modelo winnerista de los años noventa. Esa idea única del exitismo que hundió al periodismo -pienso en el periodismo como el summun de la doxa, pero hay más bajo ese fango- hasta transformarlo en un soporte único de supuestos self made mens. Una usina de celebración permanente del individualismo soez y espectacularizado.

Lo que pasó el sábado fue siniestro, pero lo que pasó el domingo fue esperanzador.

(Me dejo enajenar sin inconvenientes por ideas populistas).

El domingo, lo colectivo espontáneo se hizo presente ante el fracaso para negarle su entidad absoluta.
Los medios no pudieron procesarlo. Los medios -que crecieron y se fermentaron en los noventa y están todavía dirigidos por cuadros gerenciales crecidos y fermentados en los noventa- no pudieron asimilarlo. Tenían preparada una picota y tuvieron que metérsela en el culo. Van a resistirse y van a encontrar sus modos de utilizar la picota. Pero ya no va a importarle a más nadie.

Los noventa se habían terminado. Sin previo aviso. Sin control.
El exitismo. La devoción espontánea por todo lo que sólo podía ser un triunfo. Ya no estaba. #findelosnoventa

Es un elemento -entre varios más- de los que hablan acerca del #findelperiodismo.

IV
Insisto en la imposibilidad de convertir lo popular en inteligible.
Puede tratarse de la reacción de una sociedad que a principios de la década se reconstruyó a si misma, reconociéndose ahora en el espejo de Maradona, el hombre que se reconstruyó a sí mismo. Tal vez sea un mero eco del espíritu reparador del Bicentenario. Probablemente sea otra cosa y sea otra cosa mejor. Probablemente lo único certero es que lo que pasó con Maradona y la Selección es la brecha de algo nuevo. Un nuevo paradigma. Un nuevo imaginario. Al menos un nuevo evento, que desmonopolice de las maquinarias del entretenimiento privado o estatal los conceptos de alegría y éxito.

Asumo que mi paso por este Mundial de Soccer fue similar al que tienen esos turistas que pagan su entrada al Valle de las Mariposas, en Rodas, y caminan en puntas de pie sobre algo que de a ratos es maravilloso y de a ratos es horripilante y en todo momento es incomprensible. Reivindico la figura del turista deportivo -los tipos como yo, que “ven y hablan de fútbol una vez cada cuatro años”, como si para hacerlo todos los días hiciera falta más- porque vemos el bosque mientras el resto, casi siempre, se pierde en la intrascendencia de los árboles.

(Me abraza el populismo del refrán y de la naturaleza, que es populista por excelencia).

V
Después de este Mundial de Soccer, que alguien realmente lúcido establezca este seminario: La reconstrucción de las naciones y los héroes incompletos. Una aproximación maradoniana.