“Fama”: vidas móviles, identidades cambiantes

FamaLas tecnologías de la comunicación se mezclan con lo más íntimo y lo más social de nuestra vida cotidiana. Y, al inmiscuirse en nuestras rutinas y hábitos diarios, moldean nuestra forma de movernos en el mundo que es, en definitiva, nada más ni nada menos que nuestra forma de ser.

No somos los mismos que antes de la televisión, que se entrometió como una intrusa aceptable en cenas y reuniones familiares; ni que Internet, que revolucionó la forma de relacionarnos con pares; ni que los teléfonos móviles, que con su ilusión de conexión permanente y de libertad de acción brindada por la garantía de movilidad nos hizo creer en un mundo en el que todo está al alcance de nuestras manos. Y hasta nos convenció de la posibilidad de ser diferentes o varias personas al mismo tiempo.

En el último libro del escritor alemán Daniel Kehlmann, “Fama”, lanzado en nuestro país por la editorial Anagrama, se discute precisamente esto: ¿por qué los dispositivos móviles determinan de algún modo nuestra identidad? ¿Es posible ser uno mismo y ser otro al mismo tiempo? ¿Cómo nos acercan o nos alejan de una existencia material, anclada en la “vida real”? ¿Qué es lo real y qué es la fantasía? ¿El celular incita deseos de fama? ¿Por qué el anonimato es un problema, y el reconocimiento social una recompensa mediada por la tecnología?

Lo interesante de “Fama” es que no se esfuerza por contestar estas preguntas, pero inicia el debate al formularlas y al proponerlas al lector con la forma de la ficción. En un relato coral muy bien orquestado, en el que no hay cruces forzados o misteriosos encuentros del destino sino simplemente vidas que fluyen, circulan y en algún momento se chocan, Kehlmann cuenta la historia de personajes atravesados por el uso de tecnologías, en especial las móviles, y azotados por circunstancias de la vida que los obligan a pensar quiénes son, y si es que eso que son los define, los orienta o los empuja a cambiar.

El actor de cine Ralf Tanner pierde su condición de estrella cuando su número de celular es asignado, por error, a un ser gris que vive días rutinarios y no se caracteriza por ser popular. Mientras que Tanner disfruta de una renovada vida, en la que por fin conoce al amor después de muchas relaciones por interés, el “otro yo” de Tanner le complica todo porque comienza a pasarse por él.

“La mirada de él se deslizó hacia el espejo de la pared. Allí estaba ella, y ahí estaba él, y de pronto se sintió inseguro de cuáles eran los originales y cuáles los reflejos,” se pregunta Tanner. En un tono borgeano y kafkeano, uno no sabe quién es, y piensa que es el otro. No entienden quién es el real, y cuál el espejo. Son dobles, son copias imperfectas, nada es seguro, todo es aparente.

Lo mismo le sucede a una periodista cuando se termina la carga de su celular y queda abandonada en un país extraño en donde iba a hacer una cobertura y se la olvidaron sin querer. Sola, perdida, sin dominar el idioma y con la pérdida de su medio de comunicación, no le queda más que el olvido y el volver a empezar de cero. “Sabía, con sorprendente claridad, que los momentos así eran raros y que había que tener mucho cuidado con ellos. Un movimiento en falso y uno ya no encontraba el camino de vuelta, y la vieja existencia se desvanecía y no volvía nunca más.”

Un bloggero experimenta la misma sensación de aislamiento y soledad cuando en un viaje sufre la desconexión a internet y no puede postear y contestar a otros en el mundo virtual. Esta situación lo obliga a volver a encontrarse con el mundo “real”, pero se construye una fantasía que tampoco tiene un correlato con la realidad. Se imagina una mujer de ficción, y sufre cuando no la puede tener. Le exige a un escritor que se la presente.

El escritor, en su propia historia, también está sumergido en un gran sueño, o una gran irrealidad o relato paralelo. Con su anotador y bolígrafo, registra todo lo que sucede a su alrededor y recrea historias con una impronta muy personal cuya fuente es su interpretación de lo que sucede en el mundo.

Para ellos, nada real y todo es virtual, el mundo mismo es un gran relato configurado por sus experiencias del mundo y por lo que esperan de él. Con los nuevos medios de comunicación, se permiten jugar con diferentes planos de existencia. La vida, al final de cuentas, no es más que un cuento, como escribe Kehlmann: “sintió como si todo viniera de muy lejos: de otra realidad o, por lo menos, de otra historia.”

Además de historizar y problematizar la relación entre la tecnología y la sociedad, Kehlmann juega con el género de la ficción y propone una narrativa auto-referencial en la que también devela que todo es una historia. Los personajes le hablan al autor y le preguntan: “¿por qué me vas a matar?” y él les contesta: “Tu eres un invento mío”. A lo que se le responde: “¿Y tú?”. Y el narrador se defiende: “Yo soy real.”

Lo que parece decir, a través de metáforas y de diálogos imaginarios entre autor y personajes, es que incluso lo que creemos con seguridad de que es real puede que no lo sea. Que no sabemos, como decía Borges, si hasta nosotros somos también un sueño que es soñado por otro.

La sensación de irrealidad y la escisión de la personalidad tocan fondo con la historia de un hombre bígamo que engaña a ambas mujeres durante mucho tiempo. Él se siente bien con ambas y extraña a la otra cuando está con una, y viceversa. “La doble vida: el desdoblamiento de la vida. Cómo podía ocurrir que de pronto los comprendiera: a los chiflados de las revistas, a todas las personas que tenían secretos simplemente porque no se podía vivir sin ellos, porque una transparencia total es como la muerte y porque al ser humano no le basta con una sola existencia,” se dice el personaje.

Un taxista inesperado, le contesta: “¿La vida es difícil? Cada decisión es dura, incluso la simple organización de cada día es tan complicada que puede empujar a la locura a los más fuertes entre nosotros. ¿Se está preguntando, querido señor, por qué tantas cosas no funcionan? Porque una persona quiere ser muchas cosas. Quiere ser mucho. Múltiple. Quiere varias vidas. Pero sólo de forma superficial, no en lo profundo. La aspiración última, querido amigo, es ser uno. Con uno mismo; con todo”.

El “fin último”, al decir aristotélico, no sería la felicidad, para Kehlmann, sino la fama, porque lo que todos estos personajes esperan es el reconocimiento humano. En un sentido lacaniano, desean que otros los nombren y les digan quiénes son para, de una vez por todas, dar un sentido a una identidad ya por siempre dividida. Los aparatos móviles, entonces, promueven vidas múltiples, cambiantes, no localizables, infinitas. Tan permeables que hasta se confunden con otras y les dan la oportunidad de volver a ser, una vez más, para empezar de nuevo siempre.