Experiencia drone


I
La posibilidad de un drone articulando eventos e información de manera instantánea resuelve en primera instancia la pregunta acerca de la relevancia estética y cultural de la figura clásica del «cronista». Un mundo en el que la ejecución de la guerra ha reemplazado a soldados por drones, no puede ser un mundo en el que persista aún el idiotismo ontológico de desear ser «cronista de guerra» (¿pero no es el deseo de ser aquello que ya no es la síntesis del periodismo actual?). Resuelta esa cuestión, la pregunta planteada por el drone convoca a analizar otra vez la idea de «subjetividad», «publicación» y «experiencia».

La «subjetividad», es decir, el esquema ideológico y material a través del cual se elabora y establece socialmente la percepción dinámica de un Yo, un Otro y un Mundo —superación de ese otro idiotismo para el que subjetividad significa “lo que cada uno opina”, cuestión resuelta por «la objetividad del oficio del periodista»—, reflejada a través del esquema perceptivo de un drone, se ordena alrededor de una aspiración tecnológica de «objetividad». Despojada de los intereses y los conflictos constitutivos de cualquier entidad biológica, la fría lógica maquínica del drone alcanzaría la «objetividad absoluta». ¿Pero son realmente los hechos registrados por el drone «tal como son», en «el momento en que ocurren» y en «su completa totalidad» la superación de los imperfectos esquemas perceptivos de lo humano ante lo fenomenológico de la realidad?

En cuestiones bélicas, ni Dios ni los drones son neutrales. Cabe pensar, por lo tanto, que tampoco lo sean a la hora de «retratar la realidad». Como herramienta perceptiva y de publicación —la información del drone se vuelca de manera instantánea a la red y desde ahí a los usuarios—, el drone augura una era —necesaria— de informatización de lo fenomenológico. A mayor información sobre lo real, mayor posibilidad de análisis de lo real. Y con la necesaria cuota de ingenuidad ante el futuro, el silogismo podría continuar con la esperanza de una mayor posibilidad de conocimiento.

En tanto reelaboración técnica de un esquema perceptivo —con mayores y menores imperfecciones, eso y no otra cosa es aquello que se autodenomina «periodismo»—, el atributo de «objetividad» quedará relegado a las elementales condiciones materiales que hayan determinado la fabricación, el diseño, la programación y el propósito del drone. Las máquinas —afortunada y lamentablemente— aún son incapaces de una operación lógica introspectiva. Por eso requiere pensarse que allí donde el drone promueve expectativas de plena «objetividad», no debe (aún) dejarse de percibir el velo tecnológico de aquella «subjetividad» encubierta tras el programador que proyecta y define cada una de sus funciones.

II
Por otro lado, la cuestión drone obliga a redefinir ciertas categorías narrativas. Una revisión diacrónica del esquema de percepción a través del cual se han narrado —aún desde el género mismo de «la crónica»— eventos históricamente relevantes significa analizar la dinámica entre el vector tiempo (t) y el vector historia (h). Basta una lectura de los Diarios de a bordo (1492) de Cristóbal Colón, para percibir cómo un texto que comienza con aspiraciones científicas muta gradualmente hacia el género de aventuras, luego hacia el género de suspenso y finalmente hacia el género histórico.

A lo largo del vector del tiempo lo que puede constatarse es que el «sentido de la información» —un sentido cuya percepción y elaboración no puede desligarse de la noción de «subjetividad»— ha oscilado su relevancia hacia uno y otro género de acuerdo a las condiciones reales —presentes en el vector historia— de los acontecimientos. Si aquello escrito el viernes tres de agosto de 1492 puede ser leído como un relato  científico, si aquello escrito el domingo treinta de septiembre de 1492 puede ser leído como un relato de suspenso y si aquello escrito el once de octubre de 1492 puede ser leído como un relato histórico, es porque la dinámica entre la percepción de los hechos a lo largo del vector del tiempo y la historia condicionaban de esa manera su elaboración en tanto información. (En su Brevísima relación de la destrucción de Las Indias (1552), Bartolomé de las Casas narra, bajo sus propias necesidades políticas, las condiciones de una América a la que sesenta años de historia (h) han moldeado bajo una percepción muy distinta a la escrita por Cristóbal Colón).

Si a lo largo del vector tiempo de la narración se condensan, instituyen e historizan los sentidos de lo histórico, el drone permite reducir ambos vectores a cero. Registrando «los hechos» bajo la pura instantaneidad de su acontecer —un tiempo (t) cero—, el drone también narra «los hechos» antes de que estos puedan ser apropiados, institucionalizados y convertidos en sentido —una historia (h) cero—; el drone, por lo tanto, es epistemológica, estética y culturalmente, el verdadero y primer cronista del siglo XXI.

III
Convertida en la única plataforma de publicación capaz de elaborar una relevancia de datos que interpela a sus propios flujos de usuarios, y si de esa combinación entre nuevas percepciones y nuevos consumos de información ha cimentado la sepultura definitiva del «periodismo tradicional» —suceso sobre el que ya se ha escrito suficiente—, el drone abre nuevamente las puertas a más preguntas acerca del valor estático de la información en la web.

Publicación multimedia instantánea de lo real, aunque la información producida y volcada a la web por el drone sea —o aspire a ser— absoluta, y aunque las posibilidades técnicas del drone permitan agotar cada uno de los intersticios de la realidad, exprimiendo la percepción fenomenológica de los eventos y sus circunstancias hasta el non plus ultra, ¿tiene esa información, dentro del ecosistema digital, auténtico sentido en tanto y en cuanto perdure como mera «información objetiva»?


La pregunta conduce a la cuestión de la «experiencia». Si en cuestiones de política la tecnología, despojada de sentido, ha demostrado su absoluta irrelevancia como herramienta retórica en la esfera pública, un cúmulo de big data despojado del libre juego de intercambio horizontal y colaborativo de los usuarios —una «subjetividad colectiva»; es decir, la verdadera subjetividad contemporánea—, capaces de reapropiar y disputar sus sentidos en la red, no parece un paisaje prometedor.

¿Puede atribuirse cualquier información «objetiva» —por sofisticada que esta sea— algún valor de relevancia  si se la exime del necesario descenso y ascenso sisífico al barro  histórico de la «subjetividad»?

Si la época ha determinado que la «experiencia» ha dejado de ser aquello que resta cuando ya han acontecido los hechos, para convertirse en aquello que se produce mientras los acontecimientos se desarrollan en simultáneo, la «experiencia drone» habrá de sumar nuevas inquietudes. Mientras tanto, los últimos zombies del anacronismo se reúnen alrededor de una mesa rentada en algún punto exótico de Latinoamérica, e imaginan que tienen algo que aportar al mundo a través de su rancia y obsoleta «aristocracia de su subjetividad».