Ética Hacker made in Rosario

Crearon una plataforma online para compartir habilidades y ganaron una beca del Fondo Nacional de las Artes. No realizan obras, diseñan experiencias. Artistas locales mezclan bits y átomos y pregonan cultura libre.

Compartiendo el Capital (compartiendocapital.org.ar) parecía un proyecto condenado a la marginalidad. Estaba a mitad de camino entre la emergente cultura geek y los ambientes más excéntricos del arte local. Tenía propósitos más estéticos y sociales que informáticos, pero utilizó genealógicamente tecnologías rupturistas. Y lo más importante: las conceptualizó como metáforas de producción artística. Produjeron, desde la hora cero, los usos menos ingenuos y más constructivistas de los blogs y las redes sociales en esta parte del globo.

[Incluye una columna de Reinaldo Laddaga]
“En el año 2005 organizamos, entre distintos colectivos, un encuentro denominado Compartiendo el capital, en el espacio Planeta X (planetax.org.ar). La convocatoria fue hecha a artistas visuales, músicos, usuarios y desarrolladores de Linux e investigadores del Conicet de Rosario y otras ciudades del país. Allí presentamos prototipos de cámaras estenopeicas compactas (Pinhole Copyleft camera), ofreciendo los planos para construirlas, análogo al modo en que se distribuyen los programas informáticos libres (open source o de código abierto). De éste modo inauguramos el sitio Web y así comenzó Compartiendo el Capital”, cuenta desde Barcelona a LA CAPITAL, Fabricio Caiazza (soyfaca.com.ar/blog), uno de los ideólogos del proyecto.

Tan simple y tan complejo a la vez como eso: dejan atrás el concepto tradicional de muestra de arte y “liberan el código de las obras”, muestran cómo producirlas y el proceso de compartir la fórmula funciona como una experiencia estética y un manifiesto político a la vez. Llevan al mundo del arte lógicas vinculadas a la programación y el software libre.

Cómo producir una bebida, como cocinar galletitas, cómo armar una cámara de fotos y las formas sobre el proceso fotográfico, o cómo diseñar un stencil, por ejemplo, son algunas, entre muchas otras, de las habilidades que comparte el colectivo recientemente becado por el Fondo Nacional de las Artes.

El capital es la habilidad y la colaboración, no la tecnología

La red está plagada de proyectos que hacen gala de la tecnología que utilizan, pero cada vez más empiezan a surgir propuestas que se diferencian por las habilidades que ponen en juego y los valores que proyectan. Porque, claro está, en un mundo donde todo tiende a digitalizarse el capital se inscribe en los usos de las tecnologías y no en las máquinas en sí.

Es el caso de Tag Gallery (tagallery.blogspot.com), una iniciativa de artistas austriacos que clasifican en una base de datos online propuestas artísticas. Hacen del hipertexto un dispositivo al servicio de la curaduría.

En el registro de los sonidos es llamativa la propuesta de la Universitat Pompeu Fabra, llamada The Freesound Project (freesound.iua.upf.edu): graban sonidos de toda índole y los reproducen sobre un mapa virtual de Google, localizándolos en el lugar donde fueron capturados.

Quizá sólo exista un proyecto en la Argentina que anteceda conceptualmente a Compartiendo el Capital. El Proyecto Venus (proyectov.org) –luego llamado Proyecto V, por problemas con el famoso canal condicionado- ideado a principios de este siglo por el genial artista conceptual Roberto Jacoby, y que se desarrolló durante seis años, es un exponente de estas manifestaciones.

La microsociedad autogestionada de Jacoby, con más de 600 miembros y una moneda propia -el Venus-, intercambiaba bienes, servicios, habilidades y conocimiento y fue “a la vez un juego económico y un experimento político”. La integraban artistas y académicos, pero también personas no vinculadas directamente a las artes, como taxistas y amas de casa, entre muchos otros perfiles.

Su funcionamiento, enteramente en red, y los intercambios que se llevaban a cabo, distinguieron al Proyecto V para siempre en la historia de la Web gaucha. Contó Jacoby en una entrevista: “El pintor Pablo Siquier vendió un pequeño cuadro suyo valuado en 1000 dólares en 1000 venus. La feliz propietaria no tenía esa cifra; tuvo que salir a buscar lo que le faltaba y comerciar sus servicios de relacionista pública con un venusino que había perdido el trabajo: ella envió el currículo de este venusino a una serie de empresas”.

El ensayista rosarino Reinaldo Laddaga destacó al proyecto de Jacoby en su libro Estética de la emergencia como una de las manifestaciones de las nuevas ecologías culturales y de la reorientación del arte actual. Además, fue particularmente llamativa la concepción de la tecnología del Proyecto V, que coincide en varios puntos con la del proyecto rosarino: un acercamiento práctico: tomar lo que está disponible y usarlo de la mejor manera. Conectar gente y compartir habilidades. “Tecnologías de la amistad”, diría Jacoby. “Del P2P al Face to Face”, los rosarinos.

Ética Hacker y cultura libre

Las nuevas formas de organización del trabajo y la relación de las personas con sus actividades que empezaron a experimentar las comunidades de programadores de software libre, están nutriendo de experiencia a proyectos artísticos como Compartiendo el Capital.

La denominada ética hacker fue condensada para siempre por el filósofo finlandés Pekka Himanen en el libro La ética del hacker y el espíritu de la era de la información –con un genial epílogo de Manuel Castells-. La ética del trabajo para el hacker “se funda en el valor de la creatividad, y consiste en combinar la pasión con la libertad. El dinero deja de ser un valor en sí mismo y el beneficio se cifra en metas como el valor social y el libre acceso, la transparencia y la franqueza”. Como se ve, la ética hacker nada tiene que ver con los invasiones y atentados a sistemas informáticos privados. Ese es el trabajo del cracker, otra figura del cibermundo de las redes que no viene al caso.

La liberación de contenidos y el intercambio de habilidades de las cibercomunidades contagia a las artes de esta época. Inés Martino (inne.com.ar), otra de las impulsoras de Compartiendo el Capital, propone “abrir los códigos de información, las fuentes, compartir el conocimiento. Queremos que circule, para que se potencie en esa circulación y se enriquezca”.

Caiazza, por su parte, que es Licenciado y Profesor en Bellas Artes, cuenta que “lo hacemos porque necesitamos una plataforma, una base desde donde referenciar nuestras inquietudes y conformar simultáneamente una red afectiva con proyectos similares. Afectiva en el amplio sentido del término, de contaminaciones y potenciamientos mutuos, y afectivo en términos amorosos, familiares”. Y agrega: “El objetivo es continuar ampliando la red de proyectos, ya que sólo se trata de una plataforma móvil que intenta ser un nodo entre tantos otros. Construir nuevos lugares descentrados, estructuras sociales experimentales, ensayando nuevas comunidades de sentido”.

La vuelta al mundo offline

Con más de dos años de trabajo desde aquellos primeros encuentros, charlas y talleres sobre Net Art y uso de tecnologías digitales 2.0, Compartiendo el Capital comienza una nueva etapa. Acostumbrados a trabajar con bajos recursos y financiación “a la canasta” durante todo ese tiempo, pudieron obtener una beca oficial.

El Fondo Nacional de las Artes reconoció al proyecto subsidiándolo para pagar los servidores que utilizan y editar un libro sobre la experiencia que vienen llevando a cabo.

Será un libro colectivo que aparecerá a mediados de este año y estará escrito por Ana Wandzick, Analía Regue, Lila Pagola, Lorena Betta, Julia Risler, Pablo Ares, Claudia del Río y Mauro Machado, todos artistas e intelectuales que vieron nacer a Compartiendo el Capital.

Saben que la red no es todo y buscan formas de conectar el nuevo mundo de los bits con el de los átomos. Los sistemas de intercambio de archivos par a par (P2P), mayoritariamente utilizados para compartir música y películas, está generando una nueva cultura digital que se da de patadas con los derechos de autor y la propiedad intelectual. Para dar cuenta de su impacto, sólo basta con un dato: las descargas de archivos actualmente representa más de la mitad de la transferencia de datos de toda la Internet.

Compartiendo el Capital avanza en ese sentido. Quieren que esa nueva cultura tenga su correlato en el mundo físico. Cara a Cara, Face to Face, es la nueva beta que buscan potenciar con la red de proyectos que flotan en su ecología.

Ya están llevando el universo de los blogs y los foros a las calles de Barcelona. Seleccionan textos escritos y publicados en la red y los pegan en calles y plazas de esa ciudad. “Sin cita” (sincita.wordpress.com) se llama la aventura y funciona como una proyección de la Web, una transformación del stencil, un reencuentro de ambos mundos.

La era del bricolage

Las fronteras se vuelven borrosas. Las disciplinas se remixan y se funden. Para muchos, el código informático se vuelve poesía y, a su vez, los programadores se transforman en los filósofos de esta época: codifican el mundo y las interfaces para las relaciones humanas.

Como en el siglo pasado las vanguardias y el cine expresaron los cambios que vendrían, ahora una constelación de proyectos deslocalizados son los emergentes de la reorientación de las artes. En Rosario existe, al menos, un nodo de esa transformación.

Los ideólogos de CC

Fabricio Caiazza
Es Licenciado y Profesor en Bellas Artes, egresado de la Escuela de Bellas Artes, Universidad Nacional de Rosario, Argentina. Ha realizado muestras de artes visuales individuales y colectivas en Rosario, Buenos Aires, Mar del Plata, Córdoba, Paraná, Telaviv y Barcelona.
Blog: www.soyfaca.com.ar/blog

Inés Martino
Ha participado de decenas de exposiciones artísticas e intervenciones en espacio público. Formada en Bellas Artes, en Rosario, y últimamente abocada a la fotografía, su trabajo “Not for Sale. Edición Urbana” fue presentado en el contexto de la muestra “Ex Argentina”.
Blog: www.inne.com.ar/blogs

Las artes del presente

Por Reinaldo Laddaga

Pienso que cualquiera que esté interesado en descifrar qué es lo característico de las artes del presente tiene que haber notado que, en los últimos años, un número sin duda creciente de artistas ocupan una parte importante de su tiempo menos en realizar la clase de obras que estábamos acostumbrados a esperar de ellos, composiciones fijadas que se presentan en espacios más o menos neutros, que a generar las condiciones materiales y organizativas para que grupos grandes de individuos se asocien de forma temporaria aunque duradera en proyectos que implican la producción de imágenes, eventos y discursos con un componente estético. Más aún, estos artistas piensan, en general, que los proyectos en cuestión pueden ser ocasiones para la exploración de modos de socialidad anómalas, de manera que tienen algo de laboratorios, de sitios de pruebas. Estos desarrollos son, sin duda, importantes y, al mismo tiempo, difíciles de interpretar. ¿Por qué se producen precisamente ahora? Por mi parte, me vienen a la mente varios posibles factores. Uno de ellos es, seguramente, que el sistema institucional que comunica a los artistas con sus públicos es tan insatisfactorio que tiene que incitarlos a imaginar otras maneras de implantar en el espacio social sus prácticas. Pero no es sólo eso, me parece. Creo que estamos en uno de esos raros períodos en que no solamente se producen en las artes cambios de temáticas o estilos, sino que se vuelve radicalmente incierto, para aquellos que se identifican como artistas, saber qué quiere decir esa palabra; cómo se debieran vincular los individuos que el término aspira a describir con sus otros, semejantes y desemejantes; si el arte es una práctica experta y en qué consiste, en este caso, el saber que la justifica o la sostiene. Los proyectos en cuestión son espacios en los que se ensaya alguna clase de resolución de estas cuestiones. Esto sucede en una fase de nuestra historia común en que las formas de asociación están en una fase de flujo particularmente inestable: no es necesario aclarar que se trata de uno de esos momentos de indeterminación que son el sitio de generación de verdaderas novedades.