Entrevista inédita a Enrique Vila-Matas

Lo siguiente son fragmentos de una entrevista inédita que le hice a Enrique Vila-Matas el año pasado, durante su visita a Buenos Aires para la Feria del Libro. La amistad con Bolaño, la construcción de un lector y la importancia de los malos escritores son algunos de los temas de los que el escritor habló durante unos veinte minutos de charla, en un jardín de invierno a pocos metros del cementerio de La Recoleta.

Podría decirse que el español Enrique Vila-Matas tiene con Buenos Aires la misma clase de relación que tiene con la literatura: la ciudad es un espacio imaginario donde la ficción, la realidad, las amistades y las afinidades estéticas se cruzan tantas veces que termina siendo difícil saber dónde empieza y termina cada una. En su libro Dietario voluble, por momentos asoman Bioy Casares y Julio Cortázar. Por otros, Alan Pauls y Raúl Escari, protagonista de muchas de las mejores páginas de su novela París no se acaba nunca. Pero la apuesta del autor de Doctor Pasavento es convertir esta ciudad –y cualquier ciudad– en un presagio oscuro, donde vida y literatura juegan peligrosamente.

“Cuatro días enteros agazapado en el interior de ese hotel argentino jugando a esconderme y viendo siempre desde mi ventana un único y fúnebre paisaje: ciertas tumbas del vecino cementerio de la Recoleta, ciertos panteones de algunos próceres de la patria argentina”, escribe sobre el mismo hotel en Recoleta donde se hospedó otra vez el año pasado para venir a presentar su última novela, Dublinesca.

-Los autores argentinos que suele mencionar, ¿son amigos reales o solo afinidades literarias?
-Ante todo son amigos, pero con ellos también hay enormes afinidades culturales. A Rodrigo Fresán lo veo con muchísima frecuencia en Barcelona y me interesa mucho lo que escribe. No sé si en Argentina el hecho de que esté en el exilio le hace más o menos simpático, pero el hecho es que es un gran escritor.

-¿También Ricardo Piglia o Raúl Escari?
-Con Piglia tengo una relación buena y muy afín en cuanto a gustos literarios. Raúl Escari es un amigo al que conocí en París.

-Respecto al modo en que usted se vincula a la tradición española, en Dietario Voluble menciona el impulso de “sentirse extranjero siempre”.
-Era un buen lema. Podría llevarlo encantado en una camiseta. De hecho, hay una canción de un conjunto musical español sobre este lema. Alejarse de los calificativos, de los nacionalismos, de las categorizaciones de la literatura misma, es bueno para la literatura. Por eso tampoco existe aquello de una “literatura argentina” o una “literatura española”. Hay muchos escritores magníficos y escritores horribles; yo tomo como afines a muchos escritores argentinos pero no porque sean argentinos, sino porque realmente hay puntos en común o a veces simple admiración.

-¿Cuáles serían?
-Es más fácil entenderse en cuestión de disgustos. Por ejemplo, mi relación de amistad con Bolaño durante años se basaba inicialmente en una simpatía mutua y en lo mucho que nos reíamos con los autores que no nos gustaban. En los que nos gustaban había diferencias, pero en cuanto a lo que no nos interesaba, éramos bastante parecidos. E incluso él era bastante más radical: a algunos no los consideraba ni escritores.

-¿Qué los disgustaba?
-Para mí, siempre es la sospecha sobre aquellos para quienes la literatura es una profesión que usan para escalar o algo que consideran en un segundo lugar en su vida. Han leído poco o tienen un gusto grosero. En Dublinesca, aprovechando que el personaje principal detesta a los escritores, se dice que no es un gremio con gran altura intelectual, como algunos piensan. En España, por ejemplo, hay un 80 por ciento de escritores de bajo nivel. Está muy por debajo de la inteligencia media.

-Si una gran parte de la cultura funciona en base a malos escritores y malos lectores, ¿cómo explica el éxito de su literatura?
-La mía es una apuesta por lo minoritario, pero llevo cuarenta años en ello. Ha pasado la travesía del desierto y he inventado un lector que no existía, para bien o para mal, y que lee mis libros.

-Un trabajo de constancia.
-Sí, porque yo recuerdo que al principio, cuando leía mis textos en los primeros años en mi país, la gente me decía que se había pasado la primera media hora de las conferencias creyendo que yo me reía de ellos y que en la segunda mitad comenzaban a entender por dónde iba la cosa. Esa primera media hora es la que he tardado muchos años en lograr hacer que se captara cuál era mi registro y mi tono.

-¿Considera que los argentinos tienen alguna particularidad respecto al resto de sus lectores?
-Tengo el prejuicio de que es más lector de ensayo que de narración, cosa que me parece que es el único país de lengua española donde esto ocurre y en eso coincide conmigo, porque soy más lector de ensayo que de narración. Estoy siempre metido en historias y necesito compensarlo con libros que explican cosas del mundo real.