En un abrir y cerrar de ojos

Por qué el amor de transferencia es imprescindible para las entrevistas periodísticas 

En su libro Inteligencia intuitiva: ¿por qué sabemos la verdad en dos segundos? el escritor canadiense Malcom Gladwell se pregunta por qué alcanzamos certezas de forma rápida al enfrentarnos con un nuevo problema. Al elegir pareja, tutor, carrera o empleo cuentan más las primeras miradas y gestos que el uso conciente de la palabra. A diferencia de la tesis racionalista cartesiana, Gladwell sostiene que no se piensa y luego se hace, sino que recurrimos a otro tipo de razonamiento que poco tiene que ver con la lógica, y que gobierna nuestras acciones a través de la intuición, el impulso, la percepción.

El sentido común denomina “primera impresión” o “cuestión de piel” cuando nos enteramos cómo es otra persona en el mismo instante en que la conocemos. El psicoanálisis, por su parte, argumenta que se trata de una relación social de transferencia, por la que atribuimos ciertas características al otro al basarnos en nuestras propias experiencias previas y expectativas.

Más allá de la teoría interpretativa que apliquemos, es cierto que durante una entrevista (del tipo que fuere: terapéutica, laboral, periodística) se establece un vínculo humano que se conecta con lo afectivo. Por eso, siempre que se acepten las reglas de juego de esta relación de a dos, hay que saber que nos involucramos en un lazo de amor.

Los manuales tradicionales de periodismo poco se interesan en este aspecto silenciado de la dinámica de la entrevista. Mucho se ha dicho sobre ella como tipo textual, y poco se ha problematizado como vínculo social. Pareciera que se ha ignorado a la entrevista como modo de acceso a una subjetividad, como vínculo humano transferencial, como charla asimétrica o conversación artificial.

La entrevista, una intrusión

A diferencia de la charla cotidiana, en la que puede existir o no un fin determinado, en la que las palabras fluyen naturalmente en busca de la reciprocidad y del reconocimiento del otro, en la entrevista periodística esta situación se vuelve simulada y desigual.

“Es una especie de intrusión siempre un poco arbitraria que está en el origen del intercambio (…) El encuestador es quién inicia el juego y establece las reglas; es él quién, las más de las veces, asigna a la entrevista, de manera unilateral y sin negociación previa, objetivos y usos en ocasiones mal determinados, al menos para el encuestado,” explica Pierre Bourdieu en La miseria del mundo.

La raíz de este lazo asimétrico reside en las características diferenciales de cada rol asumido en el instante de la comunicación efectiva. Por un lado, el entrevistador se erige como guía y garante del diálogo fluido, como incitador de respuestas surgidas a raíz de sus interrogaciones.

“Las preguntas, como cualquier otra cosa, se fabrican (…) El arte de construir un problema es muy importante: antes de encontrar una solución, se inventa un problema, una posición de problema,” afirman Gilles Deleuze y Claire Parnet, y sostienen que siempre hay un proceso de construcción de la interrogación que se formula desde una teoría.

En sintonía con los filósofos, Jorge Halperín dice que las preguntas “son portadoras de conjeturas, hipótesis, inquietudes y perspectivas del mundo.”

El terrorismo de la pregunta

Del otro lado de la ecuación, el entrevistado ocupa la posición del cuestionado, a quién se le supone la posesión de un saber sobre su propia vida, con conocimiento sobre sus propias experiencias, ocurrencias y pensamientos.

En palabras de Roland Bathes, la pregunta ejerce una suerte de “violencia” sobre el sujeto. “Quiero señalar que siempre hay un terrorismo de la pregunta: en toda pregunta está implícito un saber. La pregunta niega el derecho a no saber, o el derecho al deseo incierto.”

Él aconseja que es necesario desnaturalizar la interrogación, que la misma no es una forma espontánea del discurso sino un modo cultural de acercamiento y la define como una figura retórica del lenguaje. A través de la pregunta, afirma Barthes, se ejerce una violencia simbólica motivada por la voluntad de saber sexual, la búsqueda de la sexualidad del otro, el voyeurismo, y provoca la obligación a mostrarse.

Para Deleuze y Parnet: “Explicarse es muy difícil, da igual una entrevista, un diálogo o una conversación. La mayoría de las veces, cuando alguien me hace una pregunta, incluso si me interesa, me doy perfectamente cuenta de que no tengo nada para decir. (…) El quid no está en responder las preguntas, sino en escapar, escaparse de ellas”.

Esta sugerencia de eludir la respuesta es reforzada con consejos sobre cómo hacerlo, que se asemejan con las estrategias de rodeo que esboza Roland Barthes en Lo neutro: responder una pregunta con otra pregunta, omitir información, callar, ser irónico, realizar metáforas (condensación) y metonimias (desplazamiento), y dejar que el diálogo fluya libremente porque, en definitiva, “una conversación podría ser eso, el simple trazado de un devenir,” sostienen Deleuze y Parnet.

El entrevistado es interpelado por esta llamada a tomar la palabra, es incitado a desnudarse, a develar su discurso que se supone erudito. No obstante, este lugar del presunto saber es sacudido cada vez que en el discurso del entrevistado se presentan fallas del lenguaje, lapsus, repeticiones, chistes, lagunas, olvidos, despistes, que no son otra cosa que formaciones de un mecanismo que opera en los sujetos más allá de su conciencia.

La entrevista, una vía de acceso a la subjetividad

Los buenos periodistas saben leer bien estas lagunas en el texto del otro. Es allí dónde surgen las repreguntas, las aclaraciones, los pedidos de explicaciones para entender lo narrado. Y la conversación-entrevista, como situación social, deja inevitablemente sus huellas en el producto final: la noticia. De encuentros productivos surgen revelaciones, opiniones, valoraciones e incluso informaciones que el entrevistado brinda casi sin darse cuenta.

Más allá de sus definiciones como género, como formato y como tipología de discurso, la entrevista es un lazo, un vínculo, una relación entre seres hablantes que se encuentran en una situación determinada que, al mismo tiempo, está sujeta a las variaciones imprevisibles que son posibles de acontecer en la interacción intersubjetiva.

Asimétrica, desigual, con diferente distribución del poder y la palabra, la entrevista se revela no como un estilo sino como una herramienta, como un modo de acceso a la interioridad de otro complejo, desde un sujeto que también posee sus recovecos: ambos cargan con su instancia inconciente, con su propia biografía en sus espaldas y los atributos que los definen.

Este encuentro de a dos se produce en diferentes campos: pese a sus diferentes metas, metodologías y actividades, la entrevista en el psicoanálisis y en el periodismo puede asumir formas diversas en las que se entrecruzan elementos de ambas disciplinas, como vetas para acceder a la subjetividad.

En ambos casos, el médico y el periodista escuchan, seleccionan y construyen a partir de un material verbalizado por su objeto. Ambos lidian con objetos que hablan. Ambos deben crear un escrito a partir de la narración del yo del otro. Entre su persona, que porta un deber profesional, y su entrevistado, que acepta hablar de sí mismo, media una inevitable relación de amor transferencial, resistencias a vencerse, violencia simbólica a reducirse y una forma de ser que espera ser definida.

Con el relato que va naciendo a medida que la entrevista progresa, el entrevistado espera que su identidad se fije, en la búsqueda continua por encontrar una explicación sobre su ser, al menos quién dice que es él y qué dicen lo demás sobre él. En la incansable y perpetua búsqueda de uno mismo, ambos – periodista y entrevistado – se encuentran fundidos en una relación de amor en la que no se resuelve la tensión entre admiración y objetividad, postura aséptica y proximidad, distancia crítica o cercanía.

En esta lucha entre sentimientos encontrados, ambos, entrevistador y entrevistado, se funden en el diálogo mutuo y olvidan de qué se trata el pacto estipulado entre ambos. En un momento, la técnica se vuelve carne y surgen en escena los verdaderos sujetos: como dos “yo” escindidos que pugnan por reconocerse mutuamente, por ser narrados por la voz del otro, por ser deseados y mirados de una vez por todas. Y, en esta búsqueda interminable, tal vez se den cuenta de que pudieron captarlo todo en los primeros segundos, por un mecanismo instantáneo intrínseco a nosotros mismos, que permite pensar las cosas sin pensarlas.