En la arena

I

Facebook propone una multiplicidad de plataformas: imagen, video, sonido, texto. Esa multiplicidad, articulada sin inteligencia, es decir, sin elementos que permitan construir y dirimir de manera colectiva un sentido, se convierte en un collage de desesperación y frustración. Resta indagar cuáles son los motivos por los cuales ciertos actores sociales bien definidos encuentran en Facebook—la más tardía de las plataformas sociales— un espacio de representación residual en la web ante el vacío bastardo de una representación formal en la esfera pública.

II

Los modos en que circula ese cúmulo inarticulado de deseos en Facebook —sintetizado in toto y a los fines didácticos en una marea heterogénea de deseos que no logran articularse en lenguaje— funcionan de manera isomorfa tanto cuando se trata de cuestiones referidas a la administración del Estado como de políticas sanitaras respecto al aborto (donde la ausencia absoluta de pensamiento secular o de una verdadera batalla antidogmática por el dominio del cuerpo deviene apenas narración masoquista y teatro de fantasías privadas y narcisistas). El dramatismo ante la reflexión, la interpolación de un Yo —la única coordenada simbólica sin valor autónomo en la web, donde valor significa conección colectiva— ante un Nosotros, el predominio de la acción —y su rapidísima constitución en un logaritmo que traza nuevas burbujas de filtro: “Me gusta”, “Bloquear”, etcétera— ante la reflexión, convierten al collage en un territorio medio, es decir, una zona neutra “tensa, indescifrable, ensombrecida”.

III

Lejos del despliegue de una literatura propia, Twitter, mientras tanto, reposa la jerarquía de su entre nos sobre la presunción de que un único soporte —el texto, la palabra escrita— reducido a un mínimo arbitrario de caracteres —140 letras con espacios incluidos— resuelve necesariamente la cuestión a favor de la reflexión ante la acción. La presunción es real pero no necesariamente verdadera. Imbéciles dispuestos a gritar para pedir el silencio de la palabra, por supuesto, se encuentran en todos lados.

IV

La pregunta no es si las redes sociales representan un segmento del escenario democrático —el 3% de los usuarios de internet en la Argentina son usuarios de Twitter y la mitad de la población tiene una cuenta en Facebook— sino hasta qué punto esa presunta discusión democrática que efectivamente se lleva a cabo —con sus pocas y enormes virtudes y sus muchas y penosas falencias— en las redes sociales logra consignarse un valor relevante en la esfera pública (otra vez: la diferencia entre real y virtual, disquisición para filósofos anclados en el clasicismo, resulta en esta cuestión innecesaria, superada e irrelevante).