El valor de la negatividad

El mercado periodístico es siempre un buen lugar para analizar la ecología mutante de las conductas en la web. ¿Es conservador promocionar productos que todavía se imprimen nada más que en papel? Yo usaría otra palabra, más drástica y pedestre. La zona ambigua, en cambio, surge donde lo digital convive con lo analógico. La versión más triste de ese “caos y desolación” está en considerar lo digital como una plataforma subsidiaria de lo analógico: un buen ejemplo es usar Twitter para “promocionar” contenidos impresos que nadie va a molestarse en comprar y leer (excepto las personas que probablemente no tengan Twitter y que, en el mejor de los casos, consideren que comprar diarios y revistas es “romántico”). Ahí se define la tibieza torpe de los ignavi del periodismo tradicional, atrapados en la jaula de sus propias limitaciones. En el mejor de los casos, lo digital es lo analógico puesto en una función performativa: no te contamos lo que ya pasó, te contamos lo que está pasando, mientras está pasando y con la clara conciencia de que ese mismo rol “ordenador” es lábil, casi inútil y de tercer o cuarto orden a la hora de medir la arquitectura de los eventos. Esto está muy claro en cualquier red social: las audiencias producen, moldean y sostienen sus propios contenidos. Crean el acontecimiento, lo analizan, lo critican, lo agotan y pasan al siguiente. Aún así, todavía hay quienes se sienten satisfechos reivindicando el sentimentalismo “artesanal” de dedicarse a tareas obsoletas como tomarse el trabajo de pensar “qué le interesa al público”, del mismo modo que todavía hay mucha gente que sigue comprando televisores para mirar televisión. Ver cómo esas prácticas y sus discursos son arrastradas por la época es un ejercicio forense casi cruel.

Una entrevista sobre #Findelperiodismo y otras autopsias en la morgue digital.