El salario del miedo

La maravillosa película franco italiana El salario del miedo relata la operación para apagar el incendio de un pozo petrolífero. Por esa época el método para lograrlo era producir una potente explosión: el oxígeno que consume se lo resta a la combustión del incendio y lo apaga.

El método es análogo al que utilizan las corporaciones para comunicarse en las crisis: utilizan todo el poder de fuego mediático posible para dar su versión y hacer desaparecer el problema. Una explosión quita el oxígeno. Muchas veces también usan ese mismo poder para silenciar el tema en los medios.

En estos días observamos que el método es antiguo. La nueva ecología de la comunicación muestra que en los incendios ya no hay un foco sino muchos, y de nada vale intentar apagar uno con toda la potencia disponible, porque inmediatamente aparece otro y otro y otro. Da la impresión de que el remedio más eficaz es uno solo: la transparencia.

Sorprende y coloca en un mismo plano de diálogo a las corporaciones y a los ciudadanos. Y así los gigantes tienen la oportunidad de contar sus debilidades y decir: nos equivocamos. También pueden negociar soluciones con su audiencia, los consumidores. Esto, que suena utópico, visto desde la lógica de los negocios es práctico y efectivo; y tiene un costo aún complejo de medir, pero pareciera que no es mucho mayor que el de usar toda la artillería; y hasta podría ser menor. Lo que aparece como certeza es que funciona.

El mayor costo, el más intangible, es el que siente el gigante sentándose en el piso para hablar con los enanos, que, además, son miles, millones. Y los gigantes cuando se sienten humillados son impredecibles, capaces de inmolarse o de un genocidio. Solo su interés por los negocios los puede hacer entender que ser transparentes de verdad los puede salvar; y cuentan con un punto a favor no menor: la mayoría de los enanos quiere seguir consumiendo lo que producen. Eso sí: bueno y barato. Lo de siempre.