El príncipe

I

El primer paso fue una carta. Rodrigo Lara —hijo del ex ministro de Justicia colombiano Rodrigo Lara Bonilla— y los hijos del ex candiato presidencial Luis Carlos Galán —Luis, Juan, Carlos y Claudio— la leyeron en silencio, en Colombia. La firmaba Sebastián Marroquín (32), el hijo del hombre que había ordenado matar a sus padres en 1984 y en 1988. Una vez más, el fantasma de la violencia reaparecía en sus vidas. Esta vez, pidiéndoles perdón.

—¿Qué es el poder?

—Primero: es lo más efímero que puede tener un hombre. Piensa que puede durar toda la vida y en un dos por tres, se le va de las manos. Segundo: también se piensa que nunca nada te va a pasar. Tercero: conoces lo peor de la Humanidad, porque ves cuán bajo puede caer una persona por lograr un poco de poder.

II

La vida de Sebastián Marroquín (32) está rodeada de fantasmas. Espectros violentos de la época en que no era un joven arquitecto anónimo en Buenos Aires, sino Juan Pablo Escobar. El único hijo varón de Pablo Escobar Gaviria, fundador del cartel de Medellín y “capo de los capos” del tráfico mundial de cocaína, muerto por la policía colombiana en 1993. Dirigido por Nicolás Entel, el documental Pecados de mi padre desentraña esos fantasmas a través del único deseo de quien alguna vez tuvo todo: la reconciliación y el perdón. “Mi lucha pasa por ahí, para que a pesar de ser hijo de Pablo Escobar, se me reconozca como hijo y no como cómplice. Haberse saturado de tal nivel de violencia lleva a que el único camino capaz de recorrer sea la paz”, explica Marroquín en Buenos Aires, ciudad a la que llegó junto a su madre y su hermana, con nuevas identidades por razones de seguridad, en 1994.

—¿Sucede que ese pasado violento todavía regrese a tu vida?

—La violencia ha regresado disfrazada de otras cosas. Lo que hemos hecho es el ejercicio de aprender a no reaccionar y utilizar las herramientas que nos da la democracia para defender nuestras posturas y creencias. Desde ese lugar, pienso que sí, la violencia intenta regresar pero no quizá con el ánimo de matarnos, pero sí de cobrar en nuestras vidas lo que no pudieron hacer en la vida de mi padre.

III

En los `80, cuando 8 de cada 10 dosis de cocaína del mundo tributaban su precio a Escobar, Sebastián era un niño. “Yo lo acompañaba a todas sus actividades políticas y sociales, como las 5.000 viviendas para pobres que construyó Medellín. Tras el asesinato de Rodrigo Lara Bonilla, mi padre se convierte en un perseguido”, cuenta. A las víctimas se fueron sumando otros narcos, miembros de fuerzas de seguridad y civiles inocentes, como los 107 que murieron cuando el cartel de Escobar derribó un avión para intenar asesinar al ex presidente colombiano César Gaviria. Sin embargo, hasta que su hijo descubrió la verdad, Pablo Escobar sólo era un padre afectuoso. Alguien que “no muy temprano” —recuerda Sebastián— iba a su oficina a trabajar, con mucha discresión sobre sus negocios. Las miles de motos que recibía de regalo, los cientos de animales exóticos —jirafas y elefantes incluidos— que habitaban la Hacienda Nápoles, uno de los lujos más excéntricos de Escobar, los juguetes y los placeres cotidianos en mansiones eran parte habitual de la vida. Sebastián tenía 3 mucamas exclusivas y una veintena de guardaespaldas. Nada sonaba exagerado para los hijos del zar de la cocaína. “Soñaba con tener un avión F-16 y un día le pregunté a mi padre si tenía el dinero suficiente para hacerme ese regalo”, sonríe Sebastián. Pero la sangre derramada por su padre no dejaría de perseguir a su linaje nunca más.

—¿Te parece a la distancia que el acceso irrestricto a toda clase de lujo altera de algún modo la percepción de lo que es real?

—Me alteró para bien la capacidad de disfrutar de lo más insignificante. Por un lado, estaba lleno de juguetes hermosos y los más caros, pero por otro lado no los podía disfrutar. Entonces se aprende a disfrutar lo que se tiene y lo que no. La anécdota que mejor resume esa lección fue el momento en el que estábamos con dos millones de dólares y nos estábamos muriendo de hambre porque no podíamos ir de compras al supermercado. Entonces ahí te comienzas a cuestionar si todo eso sirve de algo. ¿Para qué el dinero si me estoy muriendo de hambre?

—¿Qué te preguntaban tus compañeros sobre tu padre en la escuela?

—Había mucha curiosidad en los niños de preguntarme si era rico, si mi padre era rico, pero nunca me preguntaron si era narco o no. Siempre me preguntaban si era millonario. Yo decía que era rico en vitaminas (sonríe).

IV

En la Argentina, la familia Escobar fue investigada durante 7 años hasta que la Suprema Corte la declaró económicamente libre de la sombra de su padre (cuya fortuna la revista Forbes estimó en 3 mil millones de dólares, cifra que, según su hijo, se gastó en guerras contra otros carteles, o fue incautada por el estado colombiano y los adversarios de su padre). En Colombia, por otro lado, los narcos no quisieron riesgos: tras la muerte de Pablo Escobar, obligaron a Sebastían y a su familia a abandonar el país bajo amenaza de muerte. Desde el exilio argentino hasta su primer retorno a Colombia desde 1993, el documental de Entel formula preguntas con resonancias muy argentinas. ¿Estarían los hijos de Luis Carlos Galán y Rodrigo Lara Bonilla dispuestos a perdonar al hijo del hombre que había ordenado asesinar a sus padres? ¿Cómo equilibrar justicia y venganza? “Antes de filmar quise estar seguro de que Sebastián fuera quien decía ser. Verifiqué que su familia no siguiera vinculada al narcotráfico, pedí un habeas data al gobierno de Colombia, hablé con funcionarios judiciales argentinos, con la DEA. No quería terminar como el RR.PP. del hijo de Pablo Escobar”, dice el director, aún sorprendido por mucho de lo que sale a la luz por primera vez desde los archivos familiares de los Escobar Gaviria. “Lo más insólito es el cassette donde Escobar lee el cuento de los Tres Chanchitos para su hija y después canta La Donna è mobile”, recuerda Entel. Ese Escobar íntimo también perdura en la memoria de su hijo. El que “para bien o para mal” —dice Sebastián, que siempre le reprochó sus métodos—, cumplía su palabra. El que, aún habiendo modificado la Constitución para evitar su extradición a los Estados Unidos, le enseñó que el poder era efímero. El padre preocupado que una vez le pidió que lo consultara antes si se le daba por probar alguna droga. “Si cometía una falta, me confiscaba la moto que más me gustaba hasta que yo me rectificara, o me cerraba la pieza de los juguetes, pero nunca con violencia. La paradoja es esa: me inculcó valores que después en su vida cotidiana no aplicaba”.

—¿Te genera conflictos de identidad tu nuevo nombre legal?

—Complicado diría yo es no tener la vida para manejarte, porque a mí no me sirve de nada el nombre si no tengo la vida para manejarlo. Si te ponen en una escala de valores la elección entre morir o llamarte de otra manera, la decisión es muy sencilla. Al contrario, el nuevo nombre me ha permitido liberarme del prejuicio y profundizar en un nivel diferente las relaciones humanas justamente porque el factor prejuicioso deja de operar y me permite acercarme de una manera diferente.

—¿Tu padre te dejó alguna lección que todavía sigas?

—No entrar en el narcotráfico sería una de las más importantes. Y lecciones de él, mira, algo que me hace recordarlo de manera permanente es la sensibilidad que él tenía por las clases más necesitadas y abandonadas, ignoradas por la sociedad y el gobierno. Siempre recalcaba que no había que perder la humildad, nuestra condición humana. Y también el amor por la familia, a lo que nunca estuvo dispuesto a renunciar.

—¿Cuál es tu relación personal con las drogas?

—Creo que es algo íntimo, no es un problema militar sino público. No aliento el consumo de ninguna droga y la única que probé es la marihuana. Del resto me he mantenido al margen por el temor a todas las consecuencias negativas sobre mi vida personal. No he sido ajeno a las tragedias familiares que se sufren dentro de los hogares cuando hay miembros rodeados por la drogadicción. No soy ajeno a eso en mi familia, donde hay casos en algunos de sus miembros con las drogas. Insisto, es algo íntimo, como tu religión.

—¿Tu padre hablaba sobre drogas con vos?

—Siempre. Él me explicó un día, en una clase magistral cuáles eran cada una de las drogas, cómo se las llamaba, a qué olían y cuáles eran sus consecuencias. Me dijo que había probado todas menos la heroína, y remató diciendo que la única que consumía era la marihuana. “El día que quieras consumir cualquier cosa de estas, me llamas y la probamos juntos”, me dijo.

—¿Qué opinás sobre los movimientos que hablan de legalizar las drogas?

—Creo que hay que escuchar a Juan Manuel Galán y a Rodrigo Lara, que proponen reabrir el debate sobre esa cuestión, sin excluir la legalización como tema, sin imponerla como la única salida. Coincido con ellos en que es al menos el momento de abrir el debate serio, aunque no tengo una opinión formada porque no soy un experto. Sí recuerdo que cada vez que la Humanidad prohibió algo, se desató una guerra. Ocurrió con el alcohol, el tabaco. Pero están legalizados esos dos y matan a más personas que la droga por sí sola, eso me hace reflexionar. Han caído muchos reyes de la cocaína, como mi padre que dominaba el 80% del tráfico mundial, y luego el cartel de Cali, que a su vez fue sucedido por otros, y el narcotráfico no ha disminuido. Me pregunto si entonces vale la pena seguir aplicando las mismas políticas.

V

¿Cómo fue para el heredero natural de uno de los cárteles más poderosos ese pasaje desde la venganza hacia la reconciliación? “Si pudiera matar a todos esos hijos de puta que lo mataron, yo solo los mato”, son las primeras palabras de Sebastián que reproduce la película tras la muerte de Escobar. Una amenaza de la que asegura estar arrepentido. “Usted también fue víctima del narcotráfico”, le dice Rodrigo Lara cuando, 26 años después del terror, tiende una mano amistosa al hijo del asesino de su padre. ¿Pero hay redención cuando el daño es tan profundo? Sebastián tuvo esperanzas incluso hacia su propio padre cuando en 1991 lo vio entregarse a la cárcel . “Pensé que iba a enmendar todo lo que había pasado, pero no ocurrió así”, recuerda. Se fugaría a los 13 meses y el cerco contra su organización sería cada vez más estrecho. Muerto Escobar, en la Argentina las cosas tampoco fueron fáciles. “Por ser colombianos ya éramos sospechosos”, recuerda Sebastián, que posterga la decisión de tener hijos porque no quiere sus hijos que tengan que pagar los pecados del abuelo. Aún así, el descendiente del capo de todos los capos no pierde las esperanzas de expiar sus fantasmas. “Si seguimos el ejemplo de estas dos familias generosas, es muy posible que el pasado cicatrice. Tiene que haber un deseo íntimo y genuino de perdonar. Eso es posible y el documental es prueba de ello”.

—¿Cuándo lograste hacer el click desde la venganza hacia a la reconciliación y el perdón?

—Ocurre en los instantes posteriores a mi amenaza pública al país. Ocurre una profunda reflexión de mi parte durante la digestión de las dos palabras violentas que pronuncié. En ese momento yo tenía claro que no iba a querer repetir la historia, porque hacer caso a esas palabras sería continuar con ese legado violento. El otro momento es el tiempo de exilio, la distancia y cambio de entorno, del que este documental termina siendo un compromiso personal y público que apunta a construir y no a destruir.

—¿Qué le reprochás a tu padre?

—Tengo la tranquilidad de que todo los reproches que tenía para él se los dije en persona y en privado. Todo redundaba en el ejercicio de su violencia indiscriminada, con el que no estaba de acuerdo porque quienes la pagaban de manera inmediata las consecuencias de esa violencia era mi familia. Entonces era como que estábamos siempre, sin querer, enganchados en una vorágine de violencia que se hacía cada vez más grande e imparable.

—¿Pero entendías que era posible para él la opción de abandonarlo todo? ¿Qué te imaginabas que podía ser una alternativa?

—Yo tuve el dejo de ingenuidad o esperanza cuando él decidió entregarse a la cárcel de La Catedral. Pensé que iba a generarse un quiebre de esas acciones y que él iba a recomponer su deuda con su ciudad y dedicarse a escribir, a hacer dinero pero con rectitud, enmendar todo lo que había pasado, pero no ocurrió así. Entregarse fue una oportunidad, pero finalmente los enemigos externos lo seguían atacando de tal manera que estaba obligado a defenderse aunque no quisiera, y eso lo llevó a cometer más errores y cada vez más violencia. Nunca terminó el ciclo.

—¿Tenés todavía miedo a las consecuencias por el pasado de tu padre?

—Creo que hasta el día que me muera, pero ando muy tranquilo. Como no estoy pensando en hacerle daño a nadie, ingenuamente pienso que los otros están la misma frecuencia y eso me da tranquilidad. He dejado muy claro a esta altura que no soy una amenaza para nadie, ojalá todos así lo entiendan. Ando confiado en Dios, es quien me protege verdaderamente.