El giro subjetivo según Sarlo y la tentadora inflación teórica de Lash

El último libro de Beatriz Sarlo ha pasado desapercibido. Tiempo Pasado. Cultura de la memoria y giro subjetivo. Una discusión es un ensayo mucho más lúcido de lo que la escritora nos tiene acostumbrados en Clarín cada domingo. El libro es interesantísimo porque retoma una discusión rancia desde una perspectiva innovadora, al punto de reinventar el debate sobre la posmemoria en la Argentina, poniéndonos de lleno a pensar y a encontrarnos con nosotros mismos. Hasta ahora todos estábamos aparte, siempre por afuera, pero el giro subjetivo sobre el que problematiza Sarlo nos encuentra en el centro del debate.

Algunos temas que venímos trabajando con Scott Lash emergen durante la lectura de Tiempo pasado. A ellos acoto mis protocolos aquí, porque el ejercicio de asociación y efectos de conexión parecen ser el método para un pensamiento más poderoso. Nada más lashiano que aquel último capítulo del libro de Sarlo: Más allá de la experiencia, o cuando la experiencia es en su mayoría mediada, cuando el sentido revive sus pliegues en el presente -en una semiosis engendrada en ese presente- ya no es posible desenterrar el sentido. Porque la historia es un relato pero el sentido es el presente, siempre hoy. Entonces sentarse cara a cara con la posmemoria es mucho más complejo que un vencedores y vencidos. Para explicarlo en el potrero, con otras palabras, el punto no es tanto cambiar la pelota como analizar por qué jugamos con las reglas que jugamos.

Según Sarlo estamos hablando de lo que se llamó en los setenta y ochenta el giro lingüístico, un giro que innegablemente hoy entendemos en tanto giro subjetivo. Cita Sarlo de Wieviorka: “Se trata, de algún modo, de una democratización de los actores de la historia, que da la palabra a los excluidos, a los sin título, a los sin voz. En el contexto de los años posteriores a 1968, se trató también de un acto político: Mayo del 68 fue una gigantesca toma de la palabra; lo que vino después debía inscribir este fenómeno en las ciencias humanas, ciertamente, pero también en los medios-radio o televisión- que comienzan a solicitar más y más al hombre de la calle”.

No es casual que la autora se interese en el libro por los relatos en primera persona para reconstruir el pasado más reciente, para que emerja lo que el terrorismo de estado se encargó de enterrar. Aquí son claves los relatos de la carne, cuando la experiencia y el sentido se encuentran en un hoy que recuerdan, que reviven. Pero el punto es que a ese tipo de relatos accedemos en forma permanente y esa historia que trabaja desde lo afectivo y lo moral, es decir, sobre lo identitario, frecuentemente está mediada y en definitiva es parte de una elaboración colectiva.

A Sarlo le interesa saber cómo funciona la literatura en la constitución de la posmemoria, y aquí la relación con inflación teórica de Lash y su Crítica de la información nos asalta en el mejor momento, sobre el final de Tiempo Pasado, y trabajando un concepto sustancial del libro de Lash: la incapacidad de pensar por fuera y de sustraerse del objeto de la crítica (alimento balanceado para quienes quieren estar por fuera por última vez). Un ideal “critico” que antes de pretenderse como el discurso de clausura de los discursos de clausura -porque eso también es o quiere ser Crítica de la información- podría comprenderse mejor como en plan de una parodia, como una ficción que libere el pensamiento y que, a contrapelo de Lash, constituya una estrategia de reflexión: “La literatura, por supuesto, no disuelve todos los problemas planteados, ni puede explicarlos, pero en ella un narrador siempre piensa desde afuera de la experiencia, como si los humanos pudieran apoderarse de la pesadilla y no padecerla”.

Sarlo es mucho más sutil y su ironía da cuenta de la actualidad de la discusión que quiere dar, y del grado de disidencia que se permite en su pensamiento y reclama o propone a los relatos.

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