El fin de los injertos conceptuales

Periodismo, artes, educación y publicidad.

Hay que aprender de lo que nos pasó con la educación y, particularmente, lo que sucedió cuando se quisieron adaptar a los contextos de elearning, en forma lineal, criterios pedagógicos aulicos construidos durante décadas, cuando aún los pedagógos más tecnófilos y optimistas creyeron que la red necesitaba de la escuela. Diagnóstico tan errado como ingenuo, era al revés: la escuela necesita de la red, y no sólo como tecnología o contexto, sino, sobre todo, como modelo orgánico, operativo e institucional.


Foto: Sin Cita

Los maestros que están llevando adelante proyectos en internet junto a sus alumnos lo saben: no se trata sólo de un “aula sin muros”, ni de la educación extendida, ni de la escuela 24 horas. Se trata, en primer término, de la modificación del código fuente de una institucionalidad que todavía gira en torno a valores en un mundo que se juega en el campo de las habilidades cognitivas. Diseñar proyectos y expriencias que sinteticen valores con habilidades, que conjugen una axiología anfibia es lo más difícil, ya no de hacer, sino de parir conceptualmente.

Y el caso de la educación, al menos en la Argentina, es paradigmático y es por eso que el periodismo, la publicidad y las artes deberían hacer alguna lectura de las experiencias llevadas a cabo a principios de siglo (y dejar de mirarse el ombligo). Cada campo, no obstante, tiene su rosa de Tokio pero también es cierto que en pocas ocasiones se revisa la ecología y, como rosas de tokio, siempre hay un par falsas y alguna que otra más o menos original y muerta.

El punto es que -en la publicidad online se nota mucho y las instituciones culturales son una buena expresión- la búsqueda de certezas conceptuales y estrategias todopoderosas está llevando a buena parte de los casos a un aburrimiento sin retorno. Mover ideas linealmente de un contexto a otro está haciendo de la publicidad online y del llamado “marketing viral” una seguidilla de fraudes creativos. Los injertos modulares de las piezas y productos funcionaron más o menos bien cuando la reina era aún la TV. La linealidad institucional de “la cultura” sobrevivió mientras la subjetividad se permitió el lujo de excluir el arte transgénico, los formatos de telepresencia y bio-robótica, entre otras esferas desconocidas por los directores que aún viven del relato del Di Tella pero no pueden hacer arder Tucumán.

El canon cultural, la pecera periodística y la caja publicitaria están inmolándose. Piden pista en un mundo donde la creatividad -mal que les pese a los amantes del método como fin en sí mismo- se volvió kamikaze. No creemos en nadie que hable de innovación sobre certezas, que venda estrategias sin experiencia. Mucho menos en quienes dicen querer adaptarse. La complejidad es la tertulia teórica que de quienes jamás van a acertar porque no están dispuestos a fallar. El vértigo de la exprimentación es la empiria de un manifiesto arduino que no soporta texto ni palabra. Se escribe con hechos y no lo redactan los gurúes.

Continuará.

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