El arte de un leve terrorismo cotidiano

Hay una intervención en la escritura digital que conserva el golpe de efecto de la inmediatez y la visibilidad cariñosa de las vanguardias más añejas (pienso en la Mona Lisa de Marcel Duchamp y en los retratos burgueses atravesados por Harpo Marx).

Esa intervención es el defacing.

El defacing no es la versión digital del vandalismo callejero. Tampoco debería forzarse el paralelo con el stencil, que comenzó su curva de existencia desde mensaje intencionado y terminó en el fascismo supernumerario de la publicidad.

El defacing es esencialmente una queja pictórica.

La instancia estética del comment de un blog.

Una marca de subversión no de un orden -el defacing no desordena, el defacing sólo altera: marca el estar ahí de una disidencia del Otro- sino de subversión ante un tipo específico de generación de la información.

Y nada hay bajo el imperio de la lógica digital que no sea su única institución omnipresente, omnívora y omnisciente: la información.

Se me ocurre proponer al defacing con algo del gesto antiestatario del urinario de Duchamp contra la Institución del Museo como Rectora del Arte. Pero también olvidar los trazos de la mera continuidad -que siempre es conservadora- y pensar el defacing como algo más contemporáneo: una instancia accesible, inmediata y muy sencilla de un necesario terrorismo.

Debidamente miniaturizado, necesariamente cotidianizado, justificablemente necesario, el defacing también es el terrorismo más ciudadano y civilizatorio posible ante un horizonte dominado por el credo de la Sacrosanta Institución de la Información.