El Acorazado de Potemkin ya es de dominio público

Esta semana la web nos obligó a recordar un puñado de horas de cine que hacía mucho tiempo no veíamos pero que sin duda tenemos presente. Porque no nos vamos a olvidar tan fácil de aquella primera vez que alquilamos El Acorazado de Potemkin, el impresionante film de Eisenstein, que fue la gloria para el cine soviético y para su realizador el prestigio del que jamás volvió.

Hace muchísimo tiempo. En mayo de 1896 llegó el cinematógrafo Lumière a la Rusia de los zares. En Rusia el cinematógrafo Lumière se presentó públicamente en una especie de fiesta de caridad que presidió la emperatriz Alexandra Feodorovna en San Petesburgo. Pero el cine iba a llevar varios años en hacerse realmente parte de la esfera pública y en afianzarse como espectáculo, no sólo por constituir una tecnología que lo cambiaría todo sino también porque en Rusia las autoridades desconfiaban abierta y oficialmente del cine. Las ordenanzas de la época restringían las proyecciones hasta antes de las nueve de la noche y las salas no podían estar separadas por menos de trecientos metros.

Los relatos sobre la historia del cine que más nos seducen, la de Roman Gubern a la cabeza, sostienen que la producción cinematográfica rusa prerrevolucionaria fue bastante pobre, bien a contrapelo de lo que pasaba con una parte del consumo, en el que la pornografía cinematográfica francesa era de las preferencias filmicas de las clases rusas más pudientes. La guerra civil que se prolongó hasta 1921 fue el ambiente en el que el cine buscaba afianzarse. Así que mientras algunos realizadores migraban hacia Francia, donde por lo menos era más fácil conseguir algo de película virgen, otros experimentaban en el frente de batalla documentales y testimonios de la guerra.

El primer estudio de filmación en Rusia fue abierto por el fotógrafo Drankov, también en San Petesburgo, en 1907. No tenemos mucho para decir sobre el cine de los zares, salvo lo que todos ya sabemos sobre la extravagancia y la decadencia llevada al cine de una aristocracia que se encontraría con la revolución unos años más tarde.

No es casual que la Revolución Rusa se haya encaminado fuertemente en la producción cinematográfica. Alguna vez digo Lenin: “De todas las artes, el cine es para nosotros la más importante”.

Lo estratégico del cine (y de la radio, claro) para la Revolución fue el estado de alfabetización en el que se encontraba el pueblo ruso durante esas dos primeras décadas del siglo pasado: más del 70 por ciento de la población era analfabeta. En 1919 Lenin firmó un decreto de nacionalización de la industria cinematográfica y ese mismo año, además, se abrió, dirigida por el conocido realizador bolchevique Vladimir Gardin, la primera escuela de cine en Moscú, La Escuela Cinematográfica del Estado (G.I.K.). Gardin era el tipo ideal para dirigir esa escuela y así lo demostró con sus famosos films La hoz y el martillo, La luz y el fusil, entre otros.

No podemos dejar de hacer una mínima referencia al gran Lev Vladimirovie Kulechov, que si bien era muy joven en tiempos del octubre rojo marcó para siempre, años más tarde, la forma de hacer cine. El montaje ya no volvió hacer el mismo después de que Kulechov ponga en marcha sus films. Hoy lo sabemos porque así lo registra cualquier manual de cine básico, En 1921 ya estaba dando clases en la Escuela de Cine y en 1922 fundó Laboratorio Experimental, donde realizó sus “films sin películas”, utilizando fotografías y demostrando para siempre el poder narratológico del montaje. Kulechov expresó como pocos la utopía de la estética vanguardia de la Revolución Rusa. Aportó claridad y crudeza con sus asociaciones por yuxtaposición.

Clima febril, las vanguardias sacando chispas, el Estado haciendo reformas estructurales que marcarían todo el Siglo XX y el cine que avanzaba como una metáfora de esa maquinaria de puro movimiento, de puro cambio, de reversas permanentes.

Eisenstein llegó para confirmarlo, para demostrar el poder de las historias y de los estilos del cine soviético, porque si hay alguien que lo demostró, lo subrayamos, fue precisamente él. El primero que supo construir la figura de “realizador soviético” pero además quien demostró antes de tiempo, antes de cualquier star system, que calidad y masividad en la obra de arte pueden convivir.

Había estudiado ingeniería y según cuentan pronto se inclinó por el arte, en particular en el de Leonardo da Vinci y por psicoanálisis, a tal punto que se fue para Viena a estudiar con Freud.

La Revolución no tardó en llegar y en 1918 Eisenstein se alistó en el Ejercito Rojo. En 1920 ingresó como decorador al Teatro Obrero de Proletkult, donde años más tarde debutó como director.

Eisenstein avanzó antes en la teoría del cine que en la actividad y la dirección. En 1923 publicó un artículo que paso a la historia “El montaje de atracciones”, y año después su primer largometraje, La huelga, un film que mostraba el paro realizado por los trabajadores metalúrgicos reprimidos hasta la muerte por los soldados de los Zares.

La huelga fue reconocida dentro de la Unión Soviética pero el bloqueo generalizado impidió el aplauso internacional, por lo menos hasta 1925, cuando fue premiada en la Exposición de Artes Decorativas de París.

El Acorazado de Potemkin, su segundo film, logró hacer más ruido en todo el mundo, contando la historia de la sublevación de la marinería del acorazado “Príncipe Potemkin”. Este film, realizado en ambientes naturales, y en un buque gemelo llamado “Los Doce Apóstoles”, se estructuró en cinco actos, con 1290 planos y con movimientos de cámara mínimos, dos travellings -que muestran la famosa escena de la escalinata- y una larga panorámica que daba cuenta la multitud en el puerto.

El drama épico y colectivo planteado por Eisenstein y su Acorazado de Potemkin nos atrapan hoy de nuevo con la gran noticia de que ha pasado a ser de dominio público. La descarga del film  está disponible ya en Internet Archive, como siempre en varios formatos -MPEG4 (190mb), MPEG1 (821mb) o MPEG2 (2.2gb)