Economía e ilusión de los fragmentos

Apuntes encontrados sobre el libro de Jaron Lanier, No somos computadoras, probablemente leído el verano pasado, escritos a principios de 2012. La sana y anacrónica costumbre de hacer fichas de los libros que leemos…

Es inclasificable. Es incómodo. Tiene esa virtud: genera indentificación con sus reflexiones y, apenas un instante después, desacuerdo. A veces, empuja hacia las antípodas, otras las conecta. Lo seductor del pensamiento de Jaron Lanier es que le escapa al pensamiento de trincheras y a los debates binarios dominantes, y que desarrolla todo un axioma propio para avanzar.

No especula en búsqueda de aliados que puede encontrar fácilmente en los lugares disponibles y decide desde dónde pensar. Parte de una restricción elemental: es imposible trabajar con tecnologías de la información sin involucrarse con la ingeniería social.

Si bien juega en un lugar cambiante, que incorpora la contradicción, justo allí entre quienes creen que internet es un organismo vivo y aquellos que sostienen que pronto lo será, no tiene reparos en sostener que “las noticias ya no son sobre nosotros sino sobre un nuevo objeto computacional mucho más grande”.

No somos computadoras es un libro sobre la economía de los fragmentos, un sistema en el que la ilusión es el medio de cambio y donde todos somos, de un modo u otro, fuente de fragmentos. En esta economía los fragmentos son reutilizados, combinados y recapitalizados con fines para los cuales no son creados.

Lanier es un muy preciso y se toma el trabajo entender cómo está funcionando la capa más conocida de Red: “esta inundada de diseños intrascendentes llamados a veces Web 2.0. Esta ideología promueve la libertad radical en la superficie de la Red, pero irónicamente esa libertad va más dirigida a las máquinas que a las personas. No obstante a veces se alude a ellas como cultura abierta”.

En este libro le dedica especial tratamiento a la vaciada de contenido “sabiduría de las multitudes“. Empuja los límites de toda discusión al respecto con preguntas retóricas como éstas: ¿Una masa arbitraria de humanos es un organismo con un punto de vista legitimo? ¿Las personas están obsoletas?

La atribución de inteligencia a las maquinas, a las multitudes de fragmentos, o a otras deidades tecnológicas, más que iluminar el tema lo oscurecen, sostiene. Su critica a la teoría de la sabiduría de las multitudes es persistente durante todo el libro.

También le discute al gran Kevin Kelly su idea acerca de que ya no necesitamos autores, y a Chris Anderson, el editor de Wired, aquella que sugiere cada vez que tiene oportunidad: que la ciencia debería dejar de buscar teorías que los científicos puedan entender, ya que en cualquier caso la nube digital las entenderá mejor. “La retórica antihumana resulta fascinante del mismo modo que lo es la autodestrucción: nos ofende pero no podemos apartar la vista. El enfoque antihumano de la computación es una de las ideas con menos fundamentos de la historia. Un ordenador ni siquiera existe al menos que una persona lo experimente”, les replica Lanier.

Rescata a Turing como el primer cracker, uno de los grandes héroes de la segunda guerra mundial: desentrañó el código secreto nazi llamado Enigma que los matemáticos nazis consideraban indescifrable. Otro aspecto que rescata sobre Turing es que era gay y todo lo que eso implicó para su vida. En primer lugar ser homosexual era ilegal. Las autoridades británicas sometieron a Turing a un tratamiento médico que suponían lo curaría de la supuesta enfermedad. Consistía en inyectarle enormes dosis de hormonas de mujer. Le crecieron pechos y desarrolló otras características femeninas. Se suicido en su laboratorio comiéndose una manzana que el mismo rocío con cianuro. Poco antes de su muerte presentaba lo que hoy conocemos como el test de Turing basado en un juego popular victoriano que hasta hoy usamos a diario todos cuando registramos nuestros datos en plataformas online. Lanier apunta que llama la atención que fuera la mujer la sustituida por el ordenador y que el suicidio resuene la caída de Eva.

Turing fue el primero en hacer una propuesta seria que considere y respalde la idea de los bits pueden tener una vida propia e independiente de los observadores humanos.

Wikipedia por ejemplo opera con lo que el autor llama la ilusión del oráculo, en la que se suprime el conocimiento de la autoría humana de un texto para darle al texto una validez sobrehumana. Casi casi, como los viejos libros sagrados… Dispara: “Los colectivos pueden ser tan estúpidos como los individuos. Y en algunos casos, incluso mas estúpidos”.

Lanier apoya el bisturí donde más impresión da: “no podemos permitirnos respetar tanto nuestros propios diseños”. Explica que “el error es clásico pero las consecuencias son nuevas. Me temo que estamos empezando a diseñarnos a nosotros mismos para adecuarnos a nuestros modelos digitales, y me preocupa que en ese proceso se pierda empatía y humanidad”.

Para Lanier, en un mundo donde el diseño es cada vez más expansivo, la inteligencia radica en dejar abierta la posibilidad de la singularidad metafísica de los humanos o de los procesos creativos inesperados.