Después de Assange, antes de los cryptopunks

Para entender qué son, dónde están y cómo piensan los criptopunks, conviene recordar la advertencia de Tyler Durden en El club de la pelea (Chuck Palahniuk, 1996). “La gente que persigue es la misma gente de la que depende. Somos la gente que le lava su ropa, cocina su comida, sirve su cena. Nosotros lo cuidamos mientras duerme. Nosotros manejamos las ambulancias. Nosotros procesamos su póliza de seguros. Nosotros controlamos cada parte de su vida. Así que no joda con nosotros”.

Trasladado a un contexto virtual donde la existencia se rige por la construcción y el control de la información, en ese orden de poder subterráneo, casi burocrático y a la vez estructural donde seguros, ambulancias y comidas se mezclan con secretos militares, financieros y gubernamentales, el criptopunk es, precisamente, la clase de persona con la que uno nunca querría meterse. Y no porque su amenaza sea física.

Los criptopunks son científicos: matemáticos e ingenieros en sistemas de información especializados en criptografía que dividen su tiempo entre manuales de programación –escribiéndolos antes que leyéndolos– y el teclado a través del cual materializan su poder dando forma a ese universo plástico y omnicomprensivo que llamamos Internet.

Miembros de una elite de programadores y hackers, el salto cualitativo que diferencia a los criptopunks de celebridades como Mark Zuckerberg (creador de Facebook) o Jack Dorsey (creador de Twitter) es su uso de ese poder contemporáneo que consiste en el conocimiento que permite crear información. Mientras algunos lo utilizan para plataformas que concentran y capitalizan datos personales de millones de usuarios de internet en todo el mundo –privilegiando en el proceso un acceso discrecional de diversos organismos gubernamentales y de grandes corporaciones a sus bases de datos–, otros fabrican herramientas a favor de la defensa de la libre circulación de información y la privacidad, construyendo códigos criptográficos indescifrables para todo organismo de control estatal o privado.

Pero construir plataformas seguras para los usuarios, a veces, significa atacar a quienes desean dominar la información. Para eso, los criptopunks –que reconocen en Julian Assange y su WikiLeaks a una figura estelar– reciclan el espíritu contestatario de sus predecesores de los años setenta sumando una herramienta que en el siglo XXI es más intimidante que las puntiagudas tachas de cualquier campera de cuero: el conocimiento informático.

¿Existe hoy una batalla abierta por el control de la información que circula a través de la Web? ¿Cuál es su escenario? ¿Cuáles son los derechos en conflicto a lo largo de esa pelea?

Si la primera víctima de cualquier guerra es la verdad, los criptopunks han concentrado mucho de su trabajo en develar información inoportuna para sus adversarios. Mientras corporaciones como Google comienzan a encontrar resistencias a la hora de recolectar información geográfica y espacial para lo que se presenta bajo un manto de ingenuo altruismo (es el caso de GoogleMaps y su rastreo de usuarios allí donde estén, situación que en Inglaterra desató uno de los primeros escándalos judiciales por robo de información privada), sitios del underground digital como Cryptome.org –fundado en 1996 por John Young y Deborah Natsios– desencriptan y sacan a luz información confidencial de diversos gobiernos. En ese sentido, en Cryptome.org hay más datos e imágenes sobre el vanguardista programa de nanotecnología y aeronaves no tripuladas –los drones que permitieron a las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos asesinar recientemente a Abu Yahya al-Libi, “número dos” de Al-Qaeda– de las que el Pentágono podría desear. ¿Pero cuál es el objetivo en esta guerra por la información?

“Estamos inmersos en una carrera entre nuestra habilidad para construir y poner en funcionamiento tecnología, y su habilidad para construir y poner en funcionamiento leyes y tratados”, define el teatro de operaciones, uno de los padres del movimiento de software libre, John Gilmore, en su Manifiesto Criptopunk.

“Nosotros” son quienes creen en un sistema de intercambio de datos libre y seguro; “ellos”, los gobiernos y las empresas que sostienen sus privilegios en base al control y monitoreo de esa privacidad vulnerada.

“La gente en países desarrollados está acostumbrada a creer que la censura en Internet es un problema de países como China o Irán y que los iraníes, los chinos o los norcoreanos necesitan anonimato, libertad y todas estas cosas que nosotros ya tenemos. Pero el control de la actividad de los usuarios en Internet puede llevarse a cabo fácilmente por los servicios de seguridad estadounidenses, Reino Unido o Suecia”, explicó el criptopunk estadounidense Jacob Appelbaum durante una reciente entrevista con Julian Assange en Londres, otro criptopunk a la búsqueda de asilo en Ecuador para evitar una riesgosa extradición a los Estados Unidos.

Entonces, ¿qué deber tienen los usuarios que ignoran la batalla sobre sus propios derechos? En principio, saber que la guerra existe e involucra a los sistemas de vigilancia de varios de los estados más poderosos del mundo, y que el botín en disputa es nuestra privacidad: qué consumimos, qué deseamos, qué ahorramos, qué opinamos, qué leemos, qué escribimos, qué votamos, qué pensamos y con quiénes nos relacionamos no es más que información algorítmica almacenándose detrás de cada clic. Pero si Internet puede ser una trampa, también puede ser la libertad. “Si alguna persona de 16 o 18 años desea hacer del mundo un lugar mejor, lo que tiene que saber es que cualquiera tiene el poder de hacerlo con la ayuda de Internet”, es la filosofía de otro criptopunk francés, Jeremy Zimmermann, cuya trayectoria en el campo de la criptografía puede sintetizarse con un solo dato: fue detenido en junio por el FBI luego de su entrevista pública con Assange.

Es en el pasaje entre la criptografía como disciplina dedicada a la codificación científica de datos y la criptografía como ejercicio de activismo ejecutado por disidentes frente al sistema hegemónico de poder digital donde emerge la clave de los conflictos económicos, sociales y militares del futuro inmediato. Dentro de esa batalla, la censura y el monitoreo de información –visible en actividades tan cotidianas como el intercambio de archivos P2P o en construcciones a gran escala como Wikileaks– es combatida por aplicaciones criptopunks como strongSwan, un programa de código abierto que permite encriptar comunicaciones para volverlas impenetrables, o el OTR (Off-the-Record-Messaging), un protocolo que también asegura la privacidad de toda comunicación por chat.

Con un botín de 2.000 millones de usuarios que incluye líderes políticos, activistas sociales, hackers, empresarios y científicos intercambiando información pública y privada sensible en la Web, del otro lado, mientras tanto, los Estados y las corporaciones insisten en defender sus privilegios mediante persecuciones legales, encarcelamientos y amenazas de cárcel. Las estrategias en la batalla por esa información oscilan, pero la guerra ya ha comenzado.

(Publicado originalmente en Revista Ñ)