De Twitter, la censura y otras paranoias

A la psicología se le hace agua la boca con los miedos irracionales. No hay nada más productivo para analizar la psiquis humana que pensar en las pequeñas fobias, obsesiones y dramas mentales que nos atosigan a todos. Si la conducta patológica se vuelve colectiva, entonces los motivos para preocuparse se vuelven más fuertes porque se convierten en síntomas sociales.

De estos temores, la paranoia sea quizá la que más destrozos haya producido en la historia de la humanidad, y la que aún los sigue generando. La doctrina de Seguridad Nacional, en la última dictadura Argentina, estableció una política de represión sistemática basada en el miedo a los “otros”. Todas las guerras son de “prevención”, se promocionan como un mal menor anclado en la sensación de peligro inminente. Pero la amenaza puede ser real o imaginaria: sólo basta la fantasía de un ataque para creer, en verdad, que ese mal es posible.

Esta semana, se difundió que Twitter aceptaba la censura de parte de sus contenidos de acuerdo a los pedidos de gobiernos de algunos países. El caso paradigmático es China, que quiere eliminar las críticas a su gobierno y, por ello, Twitter no opera en ese país. Por definición, los gobiernos totalitarios procuran eliminar la disidencia en su discurso oficial, para elaborar su propia versión de la historia. En estos lugares, la información no admite grandes matices y se busca unificar las diferencias para integrarlas a un relato homogéneo que es afín a los intereses de los poderosos.

Mientras que se habla de que el pedido de “recortar” Twitter para dejar fuera mensajes problemáticos proviene de naciones autoritarias, otros países, que gozan de democracia, no quedan fuera de la ecuación de la paranoia twittera. ¿Qué efecto real pueden llegar a tener las microbrevedades de Twitter?

Hace unos días, dos turistas británicos fueron investigados antes de ingresar a los Estados Unidos por haber posteado twits “dudosos”. El texto en cuestión dice: “Voy a destruir a América y voy a desenterrar el cadáver de Marilyn Monroe.” “Destruir” en la jerga callejera, dijo él, significa “Ir de fiesta”. Por este chiste, Leigh Van Bryan, de 26 años, fue esposado cuando llegó al aeropuerto internacional de Los Ángeles, se lo interrogó, fue demorado 12 horas y lo mandaron de vuelta a su casa.

Además de proporcionar un temor infundado, la paranoia se basa en el exceso de ombligismo. En el delirio auto-referencial de quien sufre esta condición, todo el mundo está en contra de uno mismo. Ven complots en donde no los hay, y donde reina el caos y la dispersión ven una sucesión ordenada de medidas planificadas. Perciben causalidad en donde fluye la casualidad.

Dotar a Twitter de un sentido totalizador es pedirle algo que no tiene. Como dijo su CEO, “Twitter no es un medio de comunicación. No creamos contenidos. Somos distribuidores.” Hasta sería iluso pensar que los sistemas tradicionales de comunicación tendrían una coherencia inquebrantable. En palabras de Lanata: “no existen cuatro viejitos que complotan en el gobierno.” La tesis de la manipulación ya no tiene vigencia, porque la unicidad completa del discurso es imposible.

Twitter vino a acentuar la polifonía. La multiplicidad de voces conviven en el espacio de los 140 caracteres y no se puede reprimir un caudal de información que nunca para. Seguramente habrá amenazas reales, pero también hay un aspecto lúdico ineludible, un cotorreo incesante, un flujo de opiniones que pertenecen más al registro de la oralidad que de la escritura.

Los twits “sospechosos” alimentan el mito paranoico. Pero no hay forma de prevenir una acción que sólo tiene existencia en el discurso. Como dice el viejo refrán, del dicho al hecho, hay un largo trecho. Y hay algo de lo que circula que no se puede censurar, y tal vez no tenga ningún sentido hacerlo.