De las culturas anfibias a los arduinos

El 98,5 % de la red está llena de agujeros

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No me voy a tomar la más mínima molestia en explicar de qué va Ciberculturas 98,5 %. Mucho menos en sintetizar posiciones o resumir exposiciones. No estamos para cargar definiciones con tanto agujero cerca. Así que estos diarios irán de 1, 5 %, un digestivo necesario para que los arduinos no perdamos apuntes tomados en la calle Corrientes.

Siempre me pregunto cómo va a ser ese párrafo escrito en el 2098 que zipee esta primera década y media de la Web. Pero eso no va a suceder. Ninguna historia cultural del ciberespacio va a tener impreso el sello de versión oficial. Somos arduinos. Probablemente, la multiplicidad de primeras personas se encargue de licuar ese y otros certificados de la modernidad.


En poco tiempo, la historia de la Web 2.0 se empaquetó en un elemental repositorio de anécdotas que dieron cuenta de la ingenuidad de los usuarios de la época. Se autodenominaban internautas y creían que inventaban las reglas de contextos/diseños/soportes/servicios/interfaces que, en realidad, los sometían a negociaciones cognitivas e identitarias sin salida. Era una corriente emergente perfecta, el relato renovado de la libertad.

Su endogamia y la autoevangelización los llevó a considerarse “nativos digitales”. Creían que cambiaban ellos cuando, en realidad, se transformaba el contexto. Se reinventaron la ficción del inmigrante para soportar lo inaceptable: cierto horizonte de hardware y software, en su mayoría corporativo y/o privativo, los ocupó en una falsa lírica del ciberespacio, justo cuando la poética era la acción arduina y la épica los desafíos por desaprender los sistemas simbólicos heredados. Claro está, no iban a poder en una década con la infraestructura teórica y normativa de los criterios construidos a lo largo de 500 años.

Aún sí, buscaron el futuro en los primeros esbozos de la red y en los premios y castigos de la modernidad binaria. Fueron casi veinte años de intentos desesperados por reinventar el consenso y la escasez artificial.

Las paleoculturas anfibias fueron mucho antes un remix (así llamaban a los nuevos entornos de lectoescritura robótica que sofocaban la percepción de tiempo y espacio de la época) de preocupaciones que un cúmulo de certezas improbables.

La renovada cartografía en versión digital y los sistemas GPS, la aparición del hardware libre y el desmoronamiento de los modelos de negocios y normativas de propiedad intelectual, fueron sólo algunos de los emergentes que dieron cuenta del irreversible que planteaban las culturas anfibias distribuidas que reorientrarían la alianza hombre-maquina durante los 50 años siguientes.

Nada que hacer. Quienes se autodenominaban nativos digitales vivirían en el pasado para siempre. Los inmigrantes, en la promesa de la panacea digital que jamás llegaría. Por su parte, los anfibios se asumieron como tales cuando los rieles de nativos e inmigrantes los llevaban a horizontes inaceptables de reducción binaria. Pero también se equivocaron.

El recurso legal para transitar las geografías unplugged devenido en metáfora de sí mismos fue el hack necesario para derribar la necesidad dobles ciudadanías. De repente, no había pasaportes para entrar ni salir. La geografía estaba cambiando. El contexto empezaba a ser enteramente anfibio, móvil y deslocalizado. La piel de las paleoculturas anfibias era mucho más que eso.

Así nacían los arduinos, culturas anfibias que lograron, de una vez por todas, desaprender. Fueron los hijos directos de lo que en esos años se llamó “hardware libre“. Pasaron de proyecto a especie.