Contra la aristocracia de la subjetividad

I

Confesión: me resulta casi imposible leer «crónicas». Es una infalible cuestión de gustos, sobre la que es casi tan vago como irrelevante dar explicaciones. Y casi es un atenuante diplomático para decir que en mi lista de lecturas voluntarias no hay ninguna. Eso no quita que sea un género interesante, sobre todo, porque juega al filo de un #finaldeepoca. Como aparato textual, pensar la «crónica» hoy debe ser probablemente más entretenido que leer o escribir una.

II

La «crónica» entendida como género narrativo en el que una primera persona del singular presupone que ciertas destrezas técnicas —la recolección de datos— y ciertos protocolos constructores de verosimilitud —la recolección de descripciones espaciales— regulan y certifican su pertenencia a una aristocracia de la subjetividad es, al menos, una definición que los nuevos entornos tecnológicos obligan a revisar. ¿A qué me refiero con una aristocracia de la subjetividad? A la idea —que no deja de arraigarse en las jerarquías esclerosadas del #findelperiodismo— de que solo existe una minoría legítimamente capacitada para construir esos dispositivos textuales, pero no solo por el monopolio simbólico de ciertas herramientas técnicas —que sería lo de menos— sino por una pertenencia VIP al monopolio de una primera persona del singular adecuada para establecer y presentar bajo una subjetividad única un orden específico y adecuado del mundo.

III

La «crónica tradicional», en la que un sujeto único construía una representación única del mundo a partir de una subjetividad única en contacto con un bagaje limitado de «impresiones», es cada vez más un dispositivo textual en tensión con un sujeto colectivo que construye una representación colectiva del mundo a partir de una subjetividad colectiva en contacto con un bagaje ilimitado de «impresiones». Si el desafío del eBook es comenzar a incluir links allí donde antes había un acotado pie de página, el desafío de la «crónica» en los tiempos de los flujos de información, la descentralización de las subjetividades y la construcción compuesta de sentidos —para describir un poco qué debe entenderse por «la era digital»— debería comenzar a desarticular el entramado añejo de lo unívoco hacia modelos cada vez más polifónicos. ¿Cómo podría construirse esa nueva «crónica sincrónica»? Con un vistazo hacia lo que ocurre con la dinámica de mutación y relevancia del resto de los discursos informativos.

 IV

¿Se trata de un pedido de popularización? No necesariamente. En todo caso, se trata de la urgencia de abandonar la lógica aristocrática de los sentidos y comenzar a explorar las nuevas herramientas tecnológicas disponibles para «conocer el mundo y sus impresiones». ¿Puede la tecnología actual reemplazar la «experiencia subjetiva»? Por supuesto que no. ¿Puede enriquecerla de un modo mucho más potente y productivo que la mera «presencia en el lugar de los hechos»? Por supuesto. Un ejemplo común: los conciertos musicales. Video. Imagen. Sonido. Textos a través de blogs, redes sociales, teléfonos. Miles de «impresiones subjetivas» fluyendo a la par, complementándose, enfrentándose, sirviéndose las unas de las otras en un equilibrio dinámico permanente. ¿Importa allí una subjetividad única? No solo no importa, sino que en tanto subjetividad arbitraria y limitada obtura las posibilidades contemporáneas mismas de «la experiencia». Sin un lazo de naturaleza sincrónica con la multiplicidad de posibilidades —accesible a través de cualquier plataforma digital en N cantidad de espacios y tiempos simultáneos— la «crónica» se vuelve un dispositivo textual conservador.

V

¿Debe la «crónica» desaparecer? Por lo pronto, deberá necesariamente mutar o aferrarse —como los nodos duros del #findelperiodismo— a su propia aristocratización. Qué ha ocurrido con las tradiciones aristocráticas en el resto de las prácticas políticas, sociales y culturales debería, por lo menos, sentar un precedente lo suficientemente inexcusable al respecto.

¿Cuál es entonces la «crónica» interesante? La que precisamente se desapega en tanto dispositivo, forma y discurso textual de la subjetividad única y desnuda a partir de su propia exploración la angustia del género. Esto es: la angustia del cronista que se reconoce incompleto e incapaz de insertarse con gusto en el Olimpo de las subjetividades aristocráticas que ofrecen la seguridad del sentido único, ordenado y completo del mundo.

Misoginia Latina, de Joaquín Linne, es precisamente ese desordenamiento del mundo como «sucesión de impresiones» y la crónica no como objeto lumínico sino como «desesperación». El cronista de Misoginia Latina necesita de las redes sociales, necesita de internet, necesita completar sus impresiones a partir de las impresiones de los otros, sin caer en el sincretismo de «la experiencia subjetiva» como síntesis privativa de las experiencias ajenas. ¿Es esa una crónica polifónica? Si lo fuera, no sería una crónica sino un reportaje. ¿Entonces qué es? Escrita en fragmentos en la web y por un outsider de aquella privativa esfera de los «especialistas del género», Misoginia Latina es en principio, la desarticulación y la desesperación de la voz única. Huele a lo nuevo y eso la convierte en una de las mejores crónicas argentinas publicadas en la década.

VI

¿Podría haber alguna reestructuración formal semejante para el discurso periodístico tradicional? Se me ocurre una propuesta: la tercera persona y el narrador omnisciente. ¿Por qué continuar disimulando la omnisciencia del discurso periodístico, si en definitiva esa misma es la operación estética más primitiva del periodismo? ¿Por qué simular que lo que dicen y piensan «los otros» en realidad les pertenece de manera verificable, cuando solo se trata de palabras e ideas recortadas, seleccionadas y editadas a gusto y necesidad del narrador?