Cómo formar periodistas cuando no sabemos qué van a producir

Hace unas semanas estuve en Huesca, en España, con motivo del Congreso de Periodismo Digital que se realiza todos los años allí. Desde hace tres años, un día antes del encuentro al que acuden en masa cientos de estudiantes y profesionales de la industria iberoamericana, se realiza un workshop cerrado cien por ciento en off the record, del que participan periodistas que están a cargo de medios online. En ese contexto, me tocó compartir mi mirada sobre la formación de periodistas ahora que, se supone, todo ha cambiado.

Nobleza obliga, no voy a revelar quiénes son ni qué dijeron los colegas con quienes me tocó compartir ese debate, ni los comentarios de quienes lo escucharon. Sin embargo, a continuación, pongo on the record algunas cosas que dije y otras que pienso en esa dirección.


No tengo la menor idea acerca de cómo debe ser diseñada la formación de los “nuevos periodistas”, porque no tengo la menor idea de qué tenemos que producir. Mi aporte (en ese debate generalmente simplificado y polarizado, de un lado más periodismo como el de antes, con sus valores y tradiciones, y del otro más periodistas multimedia, multitarea y un poco orquesta) es ser un vocero de la incertidumbre que, lejos de paralizar, abre camino a la prueba y el error, a la experimentación, y a alguna forma de pensar el periodismo sin necesariamente estar atados a las formas conocidas para producirlo como diarios/programas/crónicas/primicias/portales/sitios/etc.

Sería muy fácil y muy deshonesto responder, con aires de certeza, a la consigna sobre cómo formar una nueva generación de periodistas. Entiendo que la industria se cuenta a sí misma que sabe, y que, muchachos, acá hay que saber contar historias, abrazar al multimedia y disparar algunos twitts (como también se cuenta y premia especiales multimedia que ni el 10 por ciento de la audiencia del medio que lo produce mira o valora). Me quedo con la incertidumbre.

En definitiva, esa incertidumbre retórica y saludable que propongo, afirma en el fondo que lo que conocemos y hacemos ahora como periodismo digital, poco tiene que ver con la maduración de las nuevas narrativas, soportes y géneros. Afirma, en el fondo, que como el cine a 100 años es más importante desconocer y experimentar que preocuparse sobre cómo funciona el cinematógrafo, cuánto pesa y cómo proyecta. Afirma que es más importante acercarse al oficio y probar, errar y lidiar con la experiencia, que dar por recibido a un futuro improbable que supuestamente llegó para quedarse.

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Hace 100 años el cine no conocía el montaje, ni el trucaje, ni el sonido, ni el color, no era siquiera una industria inmadura, no había starsystem, ni ciencia ficción, ni postproducción. Y lo que conocemos de la época, no es lo que se enseñaba, sino lo que se hacía. Lo que hacían aquellos pocos que no les interesaba en lo más mínimo hacer fotografía en movimiento (nuestro periodismo digital) sino otra cosa.

Con todo, me refiero a que las instancias de formación tienen la oportunidad invalorable de convertirse en instancias de producción, simulación y experimentación. Instancias propicias para el accidente. Sólo después puede haber teoría y reflexión. Para qué reproducir certezas improbables y rutinas perecederas, cuando la oferta de libertad y lugar para la imaginación de la industria y el contexto sólo conoce los límites que nosotros le ponemos. La incertidumbre no es una forma de pesimismo, es una compuerta para afirmar la realidad y construir posibilidades.

A principios del siglo pasado, el mago Méliès inventó por accidente un recurso crucial para el lenguaje del cine: el trucaje. Un día, rodando en la Plaza de la Ópera, un desperfecto en su cámara lo obligó a detener la filmación. Cuando logró repararla, continuó con el rodaje, que hasta ese día era puro documento de la realidad. Mientras Méliès reparaba la avería, el pedazo de vida cotidiana que estaba registrando continuó fluyendo. Pero algunas horas después, las cosas cambiarían para siempre: El Ómnibus Madeleine-Bastille que pasaba delante de su cámara en el preciso instante en que ésta dejaba de funcionar, se convertía, durante el revelado, en el coche fúnebre que pasaba por ese mismo lugar cuando, reparación consumada, Méliès retomaba la filmación. Poco después, en su film Escamotage d´une dame chez Robert Houdin, hacía desaparecer a una mujer.

Méliès fue siempre un experimentalista. El anticristo que hoy asusta al gremio periodístico: un hombre orquesta que diseñaba el vestuario, pintaba sus propios decorados, desarrollaba efectos especiales precarios, armaba maquetas, oficiaba de director, intérprete y guionista.

Medios y academia se privan de las instancias accidentales. Buscan y se cuentan certezas profesionales cuando tienen en sus manos el mejor contexto: un entorno cambiante que admite prueba y error, ensayo, invención, aprendizaje y codiseño de mercado de una industria inmadura. El periodista orquesta no es sólo flexibilización laboral y varios periodistas al precio de uno. Es, por sobre todas las cosas, un sujeto de nuevas prácticas que si no hace no puede entender. Es, en ese sentido, un proceso, no un nuevo perfil.

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Una pista (y una) apuesta: remixología

Si tuviera que apostar, como lo hago un par de veces al año cuando doy clases en el Magíster de Comunicación y Periodismo Digital en la Universidad Mayor, en Chile, por un camino para la formación, apuntaría/apunto a la tallerización radical. La bibliografía es extensa, buena parte en inglés y las referencias a los autores son constantes, pero no para reproducir ideas sino para repensar lo que hacemos.

En ese sentido, la formación de los nuevos periodistas tiene que ser una formación que tenga en cuenta el contexto. Si les enseñamos a producir diarios digitales, además de aburrirnos, poco van a poder hacer/pensar. Tenemos que encontrar formas de que el periodismo crezca cuando crece Internet y avanza la digitalización de la vida cotidiana y no que, como sucede, pierda terreno cuando esos procesos avanzan.

Digámoslo así: Si el nuevo perfil del periodista tiene mucho de DJ, que descarga y remixa, la organización periodística no puede parecerse a una empresa discográfica. El rediseño del perfil profesional va por una avenida paralela al rediseño del producto periodístico, ahora más abierto, híbrido y manipulable que nunca.

Mi apuesta en ese sentido es contribuir a diseñar productos remixables y reelaborables. Y a remixar y reelaborar contenido disponible. Asociar contenidos de calidad con contenidos llamados originales es una propuesta tan a destiempo que no es rentable para las empresas periodísticas ni atractiva para las audiencias. El contenido original cada vez importa menos. Y lo que importa cada vez más es la experiencia de usuario en las micropausas que impone la vida moderna.

Los publishers se están oxidando en la postura “yo produzco, ustedes consumen y comentan”. Ese modelo no funciona en la sociedad red, donde todo se edita, la web se publica y los contenidos, como el código, se reutilizan.

Se trata de un contexto donde, como sintetiza Henry Jenkins en Fans, bloggers y videojuegos, “el consumo deviene producción; la lectura deviene escritura; la cultura del espectador deviene cultura participativa […] El texto único de hace añicos y se convierte en muchos textos en la medida en que encaja en la vida de quienes lo utilizan, cada quien a su manera, cada quien para sus propósitos […] Como los cazadores furtivos de Certeau, los fans cosechan campos que no cultivaron y recurren a materiales que no son obra suya, materiales ya disponibles en su entorno cultural […] Impertérritos ante los ladridos de los perros, las señales de ‘prohibido el paso’, y las amenazas de las acciones judiciales, los fans ya se han apropiado de esos textos delante de las narices de sus propietarios”.

La única salida posible para evitar la “discografización” del periodismo, para impedir que la industria de las noticias corra la misma suerte irreversible que ya padece la industria de la música, es que los periodistas se conviertan en los mejores y más audaces DJs. Sujetos activos que generan objetos abiertos para sampling social que las nuevas audiencias ejercen en el lejano Oeste informacional.