Dulce pájaro de la ironía

A la #cadenafreelancer, sin ironía

I

“En Inglaterra, cuando uno ve que la muerte se acerca, se limita a preguntar si está en la fila correcta”. El comentario le pertenece a un escritor que abandonó ese país para instalarse en Brooklyn. Recalculada para la lógica dominante entre los usuarios de las redes sociales, el tenor grave de la «muerte» en la frase se disuelve. Resta la cuestión de «la fila correcta» para comenzar la dieta del «consumo irónico».

Se trate de la muerte o de una reivindicación salarial, de un presunto «golpe de Estado» o de mercancías menores en la industria decadentista del espectáculo —incluidos algunos tuitstars—, la fábrica simbólica del «consumo irónico» ha superado la instancia analógica inaugural de la cultura hipster para delimitar un campo de acción productivo sobre personajes donde la ironía —elevada a su punto de ebullición— deja de ser percibida incluso por el «objeto ironizado».

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Know Your Meme – Literatura y Política

 


#panchoparty cc @lulaazul

I

La pregunta sobre literatura e internet debe pensarse no a partir del ejercicio de trasladar procedimientos de lectura que «develen lo literario» allí donde «en principio parezca velado» —artificio de la voluntad que sólo retrotrae las condiciones estéticas de un nuevo territorio hacia los parámetros de las vanguardias de principios del siglo pasado y hacia el deseo de un quiebre de las autonomías tras el cual «todo y nada puede ser literatura»—, sino en un análisis pormenorizado de las formas narrativas que, efectivamente, sólo tienen relevancia y sentido en la web.

Hay una literatura cuyo soporte se ha dado sobre plataformas digitales —los blogs, «far away and long ago»— pero esa literatura varía —excepto por el uso complementario de algunos links o algún modesto auxilio audiovisual— poco y nada respecto a la que puede producirse sobre cualquier pedazo de celulosa. Lejos de tratarse de una «literatura en internet conservadora», aquello puede leerse —desde un ahora contemporáneo y miserablemente fugaz— como la prueba arqueológicamente relevante de una migración incompleta de «lo literario hacia la web». Pero una migración al fin.

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Burbujas de filtro o el jardín plástico

I

Basta observar al verdadero Mark Zuckerberg, el neoyorquino de carne y hueso que nació en 1984, para entender aquella descripción de un artista millonario y sufriente que Michel Houellebecq —siempre atento a los almirantazgos de la contemporaneidad— hace en su novela El mapa y el territorio: “Tan difícil como pintar a un pornógrafo mormón”.

Aún así, Zuckerberg, el geek que cambió para siempre la experiencia de la amistad (sin haber dejado de vender la privacidad de sus millones de usuarios al mismo puñado de corporaciones de siempre), supo articular una frase que lo catapultará, para siempre, de la condición de mero empresario, a la de prodigioso entendedor de su tiempo: “Una ardilla muriendo frente a tu casa puede ser más relevante para tus intereses ahora mismo que la gente muriendo en África”.

Implacable, esa percepción sobre la construcción contemporánea de relevancias y afinidades —más allá de las ardillas, más allá de África— atraviesa la médula de una lógica que no sólo se traduce en algoritmos detrás de cada monitor, pronosticando y satisfaciendo nuestros consumos, sino también en la construcción de burbujas filtradas de contenidos, donde hasta la política puede tomar la forma plácida —y casi epocal— de la autocomplacencia y el soliloquio.

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Después de Assange, antes de los cryptopunks

Para entender qué son, dónde están y cómo piensan los criptopunks, conviene recordar la advertencia de Tyler Durden en El club de la pelea (Chuck Palahniuk, 1996). “La gente que persigue es la misma gente de la que depende. Somos la gente que le lava su ropa, cocina su comida, sirve su cena. Nosotros lo cuidamos mientras duerme. Nosotros manejamos las ambulancias. Nosotros procesamos su póliza de seguros. Nosotros controlamos cada parte de su vida. Así que no joda con nosotros”.

Trasladado a un contexto virtual donde la existencia se rige por la construcción y el control de la información, en ese orden de poder subterráneo, casi burocrático y a la vez estructural donde seguros, ambulancias y comidas se mezclan con secretos militares, financieros y gubernamentales, el criptopunk es, precisamente, la clase de persona con la que uno nunca querría meterse. Y no porque su amenaza sea física.

Los criptopunks son científicos: matemáticos e ingenieros en sistemas de información especializados en criptografía que dividen su tiempo entre manuales de programación –escribiéndolos antes que leyéndolos– y el teclado a través del cual materializan su poder dando forma a ese universo plástico y omnicomprensivo que llamamos Internet.

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Slender man

I

La completa migración hacia los entornos digitales del horizonte simbólico donde se constituyen las subjetividades; la paulatina —pero inminente— asimilación, antes por la praxis que por la teoría, de que lo «real» ya no es —ni puede seguir siendo pensado como— todo aquello que «sucede mientras no estamos online»; la transfiguración, en síntesis, de que la brecha entre lo «digital» y lo «analógico» en el campo multiforme del «deseo» y sus «hábitos y prácticas» ha sido ya superada mediante estrategias propias por una generación de «nativos digitales», habilita también la posibilidad de explorar nuevas creaciones «imaginarias». Si Eros ha sido inevitablemente atravesado por la lógica de la web, también lo ha sido Thánatos.

II

Cargado por el zeitgeist de una época donde la producción de sentidos únicos ha recibido su irrevocable certificado de defunción —no mencionaremos aquí, otra vez, ese nodo tuberculoso de aristocratismo rancio de la percepción, subsidios estatales y nichos de mercado inviables que aún insiste en denominarse «crónica narrativa y/o nuevo periodismo»—, el «troll» es una figura museificada, sobre la que —a pesar de ciertos retrasos en los modos en que su relevancia ha sido percibida— no sólo se pretende legislar, sino sobre la que se ha escrito ya cierta literatura. El «slender-man», por su lado, propone una variación radical. A diferencia del «troll», el «slender-man» no es una figura sobre la que han decantado cierto número de nuevas prácticas socio-culturales ejercidas en la web; el «slender-man», en cambio, es parte del proceso simbólico de su producción.

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Museo de la Literatura del Porvenir

Narrador y poeta, a través de un trabajo sutil y constante en plataformas tan variables como web, la docencia y las editoriales independientes, Carlos Godoy (Córdoba, 1983) ha construido una obra gracias a la cual no sería exagerado definirlo como una de las voces más interesantes de su generación. Su último libro de cuentos se llama Can Solar (17 Grises) y a partir ahí Godoy parece haberse propuesto profundizar un giro en relación a lo que hasta ahora se perfilaba como el eje temático de su obra.

Con su Escolástica Peronista Ilustrada (Funesiana, 2007), un largo poema que primero se publicó en la web y después de varias discusiones llegó al papel, Godoy exploró la relación contemporánea entre el discurso peronista y casi todas las formas sociales restantes. Aquel poema fue el primero en hacer sonar de un modo original y lúcido una cuerda clave entre el lenguaje y la política argentina. Dos temas sobre los que, en especial durante los últimos años, se ha vuelto a insistir en demasiados ámbitos, sin nunca llegar a demasiadas conclusiones.

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Hackear el deseo

Internet, luz de nuestra vida, fuego de nuestras entrañas. Nuestro pecado, nuestra alma. In-ter-net: la punta del mouse iniciando un viaje de tres clicks para llegar, en el tercero, a la pantalla. ¿Está Internet definiendo a una generación a través de la reestructuración de la sexualidad? Si pertenecer a una generación significa integrar una experiencia colectiva tras la cual ya nada será como antes, el objetivo siempre ha sido el mismo: fundar una sensibilidad y definir una identidad. Sin embargo, ninguna generación ha podido apropiarse nunca de la gran experiencia vital de todas las épocas: la experiencia sexual.

Para quienes creen que la Web no es más que una efectiva red de distribución de sexo, hay algunos hitos. La primera sex star global, Pamela Anderson, fue también la protagonista de los primeros homemade videos digitales. Su lúbrica luna de miel de 1997 junto a Tommy Lee, baterista que quedará en la Historia por los 39 minutos que revolucionaron la noción de tráfico de contenidos online a finales de los noventa, marcó una parte del despegue de la cultura digital actual: lo privado se volvería cada vez más público y lo prohibido cada vez más ingenuo.

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El silencio de los corderos

Para los periodistas, en su día.
Para los cronistas, que… ¿son periodistas?
P@r@ los m@rtires voc@cion@les del interior.
“Hacer crónica es plantarse frente a la ideología de los medios, que tratan de imponer ese lenguaje neutro y sin sujeto que los disfraza de purísimos portadores de la realidad, relato irrefutable”.
“Una vez le pregunté a Walsh si realmente le había consultado a la viuda de unos de los fusilados de José León Suárez qué había comido ese día. ¿Las milanesas con papas fritas eran un dato de la realidad dado por la viuda o un verosímil para un obrero que todavía disfrutaba de un buen pasar? Primero me hizo una broma, pero muy significativa: «Nadie me va a hacer un juicio por eso»”.

 

I
La crónica como forma implica, también, la posibilidad de un penoso análisis formalista. En tal caso, un penoso análisis segmentado del dispositivo narrativo crónica puede formularse así:

[percepción tiempo-espacial] N + [información fáctica] N = [segmento crónica] N

El esquema formal puede trasladarse fácilmente a cualquier ejemplo:

[Son las diez de la mañana] + [Estamos con el fotógrafo en un ómnibus rumbo a Balcarce, una ciudad de 35 mil habitantes ubicada al sudeste de la provincia de Buenos Aires] = [Son las diez de la mañana. Estamos con el fotógrafo en un ómnibus rumbo a Balcarce, una ciudad de 35 mil habitantes ubicada al sudeste de la provincia de Buenos Aires] *

La sumatoria (∑) de esos [segmento crónica]N constituye una crónica. La fórmula es de valor universal**.

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