¡Arte, arte, arte! Spam impune y fachada estética

No sabemos qué es el arte, o podríamos discutirlo eternamente, pero sí sabemos qué es el spam, aún cuando el contenido fuese “arte”.

Más allá de su calibre, proyección o experiencia -¿a quién le importan?- ¿Si un artista con los objetivos más nobles de difundir lo que hace/escribe/pinta/canta/etc envía emails no solicitados, es o no spam?

Una cosa es reinventar el contenido del spam y, por ejemplo, reconstruirlo en imágenes “orgánicas” de plantas según su código ASCII-, una tarea, un diseño que hay que tener piné de hacer. Y otra muy distinta es creer que “mi arte” cuenta con credenciales diplomáticas para quedar impune a envíos no solicitados.

Una de las discusiones que probablemente hayan quedado pendientes, entre muchas otras, en el seminario 98, 5 por ciento que hicimos en el Centro Cultural Rojas de la Universidad de Buenos Aires, es sobre el spam.

El punto no es, de nuevo, tanto el contenido como sí el contexto. Si un artista x nos envía sus obras por email sin que las hayamos solicitado o suscripto a su “servicio de distribución estética” o whatever, se trata de algo molesto, que en general se conoce como spam. No se trata de analizar el contenido del spam, cualquiera sea, no importa, sino que lo que se pone en discusión es el contrato de lectura y las ganas de aguantar el autobombo ajeno en un contexto de, pongamos, “lista de discusión” sobre temas acotados a un grupo de estudio.

No es un papelito, volante o folleto que te dan por la calle, porque en ese contexto el contrato es claro: si quiero lo tomo y si no se me da la gana, no. Sí se parece más a que te tiren papelitos por debajo de la puerta de tu casa, aunque quien deslice esos folletos sea conocido o no, tampoco importa: ya está ahí, debés fijarte qué es y eliminarlo.

El problema y los desafíos de las redes son siempre, en algún punto, la escala. No podemos pensar que sólo se nos ocurrió a nosotros, que la película comienza cuando se me ocurrió inventar lo que ya manifiesta el 80 por ciento de los emails que se envían en todo el mundo cada día. No confundamos autobombo y spam con difusión cultural, ni libertad de expresión con con ser un cargoso.

¿Se imaginan a cientos de miles de músicos de todo el mundo enviando sus canciones por mail, los fotógrafos sus fotografías, los escritores sus textos, los escultores sus modelados 3D, etc, etc, etc?

Esto es algo que ocurre cada vez más. De alguna forma, el eje está dejando de ser “No se atrevan a compartir mi obra”, a “Por favor, miren, miren, hice esto, acá estoy”.

En síntesis: I don`t want your “art” in my Inbox. Mejor y más productivo que enviar emails no solicitados, es liberar las obras bajo Dominio público, los XML completos de los sitios y que los demás hagan lo que quieran con los datos.

En la mayoría de las listas a las que estoy suscripto es impensable salirse de tema, invitar a la obra de teatro de mi hijo, o recomendar un restaurante. Las artes, como podrían decir Manovich o Laddaga, aún deben tener más coraje para asumir las bases de datos como narrativas, la arquitectura de la información como política y la institucionalidad como reinvención. La modernidad se ha ido, señores, y algunos ya tenemos branquias detrás de las orejas. Bárbaros, dirán unos, mutantes, otros. Pero eso es tema del próximo post.