Museo de la Literatura del Porvenir

Narrador y poeta, a través de un trabajo sutil y constante en plataformas tan variables como web, la docencia y las editoriales independientes, Carlos Godoy (Córdoba, 1983) ha construido una obra gracias a la cual no sería exagerado definirlo como una de las voces más interesantes de su generación. Su último libro de cuentos se llama Can Solar (17 Grises) y a partir ahí Godoy parece haberse propuesto profundizar un giro en relación a lo que hasta ahora se perfilaba como el eje temático de su obra.

Con su Escolástica Peronista Ilustrada (Funesiana, 2007), un largo poema que primero se publicó en la web y después de varias discusiones llegó al papel, Godoy exploró la relación contemporánea entre el discurso peronista y casi todas las formas sociales restantes. Aquel poema fue el primero en hacer sonar de un modo original y lúcido una cuerda clave entre el lenguaje y la política argentina. Dos temas sobre los que, en especial durante los últimos años, se ha vuelto a insistir en demasiados ámbitos, sin nunca llegar a demasiadas conclusiones.

Tal vez por eso Horacio González, sociólogo y director de la Biblioteca Nacional, le dedicó al poema una lectura pormenorizada en su libro Kirchnerismo, una controversia cultural (Colihue, 2011), donde rastreaba aquella lectura poética del peronismo como la cristalización del poder fundacional y mítico que ha tenido la doctrina justicialista sobre el lenguaje de los argentinos.

Desde entonces, sin embargo, Godoy ha explorado nuevos espacios y nuevos géneros, e incluso con los cuentos de Can Solar ha llevado la cuestión del lenguaje desde sus instancias de nacimiento hasta sus instancias de aniquilamiento.

–Tus últimos libros son novelas y cuentos. ¿Cómo definirías la trayectoria de tu obra desde la poesía?

Mi ojo siempre estuvo puesto en la narrativa. Los escritores que me interesan empezaron escribiendo poemas y luego dirigieron su producción a los relatos o novelas. Me someto a ese proceso, de hecho desconfío de los escritores que no escriban o lean poesía. Creo que haber publicado cinco poemarios está bien, la poesía y sobre todo los poetas cansan, incomodan. Es por eso que hace un tiempo estoy probando otras cosas y el resultado es Sugar blueberry, sugar blueberry, la novelita que saqué en Mancha de Aceite, y también Can Solar.

–¿Te interesa o resulta útil la calificación de “poeta” en vez “escritor”?

No creo que a nadie le resulte útil. Los 90’ corrieron la “seriedad” del poeta hacia lo que hoy es la “vacuidad” del poeta. No sé cuál es mejor, ese fue el movimiento. Yo nunca me consideré poeta, todos me llaman así porque escribí muchos libros de poemas y porque doy talleres de poesía. Sinceramente, no sé a quién puede ayudarle construir sobre sí mismo la figura de poeta. A un académico o a una persona muy emocional, o a alguien que tiene mucho tiempo libre porque, sinceramente, no es muy redituable que digamos.

 


–Horacio González remarcó a partir de tu Escolástica… que el peronismo también puede ser un “yacimiento mítico del lenguaje”.

González usa la Escolástica para sostener su tesis del “peronismo cultural”. Y en eso pensaba yo durante 2006, cuando escribí el libro. Los poetas peronistas de Capital no me representaban y decidí escribir un texto que lo hiciera. Y claro, el peronismo como herramienta de trabajo y análisis es una propuesta para explorar el evento mítico. Es lo que hace Daniel Santoro, lo que hicieron los Lamborghini y es lo que hace González en su libro con el kirchnerismo como objeto.

–Los cuentos de Can Solar parecen girar alrededor de zonas donde el lenguaje se agota y la experiencia ante lo real se torna indecible. ¿Cómo entendés ese pasaje desde el peronismo como máquina de producir lenguaje y la experiencia concreta como silencio?

Lo público casi siempre se representa esquemáticamente, categóricamente y, si querés, míticamente. Es un paneo donde las cosas quedan organizadas y clasificadas. La esfera privada es todo lo contrario. Hay confusión, oscuridad, desesperación, cosas que en la esfera pública se disimulan, se ocultan. Muchas veces es difícil explicar cómo llegamos a determinadas situaciones o qué tipo de experiencia estamos atravesando. Sobre esa inercia de la improbabilidad, que es privada, personal y trágica, trato de trabajar en Can Solar.

–¿Qué filiaciones con tus contemporáneos te interesan respecto a tu propia obra?

Me gusta lo que escriben Ana López y Violeta Pastoriza, pero reniegan de que se lean sus textos como poemas, aunque la métrica lo sugiera. Luciano Lamberti, Federico Falco, Hernán Vanoli, Julián Troksberg, Pablo Katchadjian, ya sea por estética o por zonas de interés, los vincularía a mi búsqueda en la narrativa.

–¿Dirías que hay zonas de fricción entre una “nueva literatura argentina” porteña y una “nueva literatura argentina” federal?

No me interesa la cuestión federal. Quise que mi primer libro de cuentos fuera periférico, que hablara de lo que se conoce como el “interior”, pero por una decisión más estética que política. La intención fue homenajear a los autores que me hicieron empezar a escribir. El debate pasa por el realismo o el no realismo y sus múltiples propuestas. El realismo escénico, geográfico y visual, me parece que se manifiesta por fuera de la Capital.