A propósito de un concierto de Andrés Calamaro en Nueva York

“Soy periodista, man. Cuento lo que veo. En una crónica, el culo tenía que estar”

I
La disección de la frase de @HernaniiNY ilustra el proceso de desgaste de una maquinaria simbólica en decadencia, mientras que su soporte la coloca en la sintonía del destino inevitable de toda aristocracia.

@HernaniiNY:
Tranquilo, man. Sos uno de los músicos que más escuché y admiré en mi vida. Sólo me pareció que el jueves la cachereaste.

Nuevamente: ¿qué es hoy la crónica sino una viuda embarazada?

II
Vuelvo a las frases intercambiadas. La defensa de un supuesto plano definido por lo jerárquico y el reclamo de una posición de relevancia particular –donde la enunciación ya lacónica en primera persona del singular es clave– sintetiza en acto a qué nos referimos cuando hablamos de una aristocracia de la subjetividad.

@HernaniiNY:
En 2001 me mudé de Madrid a Buenos Aires. Cuando el avión aterrizaba, puse “No tan Buenos Aires” y lloré, como un cliché

Horizontal, no mediada, instantánea e incontrolable, la barbarie –en forma de comment, en forma de twitt; en forma de lo que fuera que sea mañana– arrasa el penoso sesgo aristocrático e instala una nueva cultura.

@barksdale666:
MIra los youtubes, sordo !

@barksdale666:
Llora ahora, pibe … porque mi mama (que tiene noventa años) debe estar preocupada leyendo tu basura.

III
Incidentalmente, @barksdale666 se vuelve un agente dinamizante de una cultura distinta; una cultura digital donde sus partituras –y la crónica sobre cómo son ejecutadas “desde Nueva York”– son una anécdota menor, en el plano de una disputa ancha y ajena.

Entre tanto, la aristocracia de la subjetividad tiene, al menos, la dignidad de hacer del espectáculo de su propio aniquilamiento un evento público, entregado a la posibilidad del análisis sincrónico. Tal vez sea la última dignidad de la crónica en tanto territorio medio del #findelperiodismo.

Es posible imaginar para los historiadores la lástima –una verdadera lástima– ante la imposibilidad de que Luis XVI haya podido registrar con su smartphone los instantes previos al cadalso y al sonido auténtico de la guillotina. Interrumpido, de repente, por los aplausos de lo nuevo.