72 horas después del Oscar

72 horas después de haber recibido el Oscar a Mejor Película Extranjera por El secreto de sus ojos, tuve que enviarle un mail a Juan José Campanella. Estrictas razones periodísticas.

Uno supone que alguien que va a pasar las próximas tres semanas de su vida diciéndole a Hugh Laurie dónde tiene que pararse en el set de House, no va a detenerse a responder el spam mediático que le llega desde Buenos Aires. Y estoy seguro de que debe haberse tratado de muchísimo spam después del Oscar.

Tuve una oportunidad anterior de conversar por teléfono con Campanella hace unos meses. Acababa de salir El secreto de sus ojos y la gente iba a verla al cine con un ritmo inédito. Me parecía interesante “el fenómeno” -la doxa impone su discurso: fenómeno- porque, en la ciudad desde la que escribo, a la gente le dicen que, en realidad, es pueblo y que su único entretenimiento legítimo es consumir mierda por televisión. Por aquella época sabía que Campanella dirigía House. Uno de esos datos que imponen presencia.

Traté de preguntarle sobre la política en su trabajo y traté de esquivar discusiones banales sobre “arte comprometido y pasatismo industrial”. A Campanella no le interesaba el debate, sencillamente porque desestimaba la política como línea de lectura de sus películas. Gente más inteligente que yo me sugirió que podría tratarse de una estrategia: en la ciudad desde la que escribo, a la gente se le dice que en realidad es pueblo y que la política es algo para los seres ruines. (En defensa de la ruindad: conozco a muchos seres ruines y ninguno tiene mayores intereses ni capacidades para la política).

Aquella vez, logramos hablar después de algunos arreglos previos. Él estaba en Buenos Aires y dijo que sus películas seguían un “esquema aristotélico de tres actos”. También dijo que había hecho varias proyecciones antes del lanzamiento definitivo de El secreto de sus ojos para sondear cómo venía la mano.

Esta vez, el tipo me avisó por mail que iba a llamar y llamó por teléfono. Llamó desde Los Angeles, mientras manejaba por una autopista bien pavimentada. Todo lo que van a leer ahora, no va a publicarse, supongo, en ningún otro lado. Y, por lo general, los medios no suelen interesarse demasiado en lo que un artista tenga para decir. Estrictas razones periodísticas.

-En Luna de Avellaneda había una crítica al neoliberalismo desde la resistencia en un club de barrio. En El secreto de sus ojos se habla de la memoria, la justicia y el perdón en pleno auge de revisionismo setentista. ¿El tuyo es un cine político?

-Son casos distintos. En Luna de Avellaneda obviamente la película se trató sobre algo que estábamos viviendo todos, era el año 2002 y se estaba tratando de poner en caja lo que pasaba. La novela de Eduardo Sacheri se publicó en el 2005 y quién sabe cuándo la empezó a escribir. La verdad se dio de casualidad que la película saliera en este momento, ya que tardó 2 años en hacerse, más allá de que sus temas estuvieran en el candelero.

-¿No interesa olfatear qué es lo que puede estar preocupándole a la gente?

-No, eso es lo que pasó en Luna de Avellaneda, yo no soy un observador de la Argentina, soy un habitante de la Argentina, entonces hablo de las cosas que a mí me están preocupando. Se parte de una premisa equivocada: no hay una fórmula del éxito, no hay un análisis de la sociedad para cumplir un objetivo. Es algo personal: todos los directores hacemos la película que tenemos ganas, con lo que nos está preocupando. No influye en nada lo que se esté debatiendo en la sociedad. Mucha gente me decía, por ejemplo, que una historia de amor entre 2 personas de 80 años no iba a atraerle a nadie en El hijo de la novia, y yo tampoco sabía que la sociedad fuera a tener interés en esa historia. “Nadie quiere ver esa película”, me decía mucha gente. Con Luna de Avellaneda también se creía que nadie iba a ir a ver una película cuando decía que se trataba sobre un club. Lo mismo pasó con esta película, así que es todo lo contrario. Con casi todas mis películas, casi siempre la mayoría me dice: “¡Pero esa película no la va a ir a ver nadie!” (ríe)

-¿Por qué decidiste apoyar públicamente la Ley de Medios?

-Cuando nosotros filmamos la película, en el 2008, ni se hablaba de la Ley de Medios, no tiene nada que ver. No soy kirchnerista; he sido muy crítico de este Gobierno en muchos sentidos. Lo cual no quita que si Néstor Kirchner mañana inventara la cura contra el cáncer, por supuesto que yo lo usaría si estuviera enfermo; no voy a decir: “No, no la quiero porque la hizo Kirchner”. Eso sería absurdo. Y en el caso de la Ley de Medios, la apoyé porque es una ley que no vi perfecta sino perfectible, ojalá ahora la perfeccionen. No creo en las revoluciones, creo en las evoluciones, y esta era una ley mejor que la que estaba. Hoy también apoyaría un ley que la superara, aunque viniera del PRO, con el que tampoco tengo afinidad. Fue tan infantil la discusión de la Ley de Medios… Donde debió haber primado la razón, en cambio hubo algo absolutamente excepcional, como si fuera un Boca-River. Lamentablemente todos los grandes debates de la Argentina se mezclan en un ruido permanente… (¡como este que estoy sintiendo en el auto!)

-Cristina Kirchner elogiaba la película en el momento en que estaba en las salas, como dando un espacio a la sintonía directa entre el Gobierno y vos.

-No tiene nada que ver, yo agradezco a la presidenta que haya dicho esas palabras de elogio. El llamado de ella después de los Oscar es muy probable, pero que no se haya podido comunicar porque mi teléfono está colapsado. Seguramente haya intentado comunicarse, como con cualquiera que gana un premio internacional importante.

-¿Dejarías de trabajar en Estados Unidos para vivir del cine sólo en Argentina?

-Mirá, yo… (se pasa la bajada correcta en autopista) Esta ciudad… siempre me pierdo, especialmente cuando hablo por teléfono… (rísas)… Me fui a cualquier lado, me van a estrolar… Mañana me voy a Miami… Tengo que detenerme… Porque tengo que llamar para averiguar cómo salgo… El premio Oscar es un gran honor pero no es ningún premio económico.

-Pero un Oscar debe abrir un panorama económico más favorable…

-En el cine argentino es muy difícil tener asegurado algo, más allá del éxito parcial de una película, porque la siguiente puede ser un fracaso total y uno nunca cobra adelantado. El cine argentino lo voy a seguir haciendo como lo estoy haciendo ahora, con ganas y con vocación.