Uno de los intentos más tristes y recientes por detener una acción legislativa en el Congreso fue la construcción de una carpa blanca frente al Congreso. La nostalgia de la presunta pesadilla moral de los maestros en huelga en los años noventa -la carpa no logró aludir de manera bastante confusa a más que a eso- y el penoso fail político de la maniobra -que insiste en repetir el error de trasladar acciones hacia la mera enunciación de una indignación no tanto en la res como en la vía pública- se revitalizó cuando una bella, ingenua, cívica señorita -sobre la que todavía hay una apuesta abierta, ¿en qué localidad del interior nació?- se acercó durante la noche a la carpa para colaborar, poner el cuerpo y militar desde la base territorial de la pechera y el culo propios. Esta propiedad no logró ser capitalizada por los cuadros opositores. Habían abandonado el lugar mientras ella se acercaba. La habían dejado sola.
¿Dialogan los poderes con las redes?
Entrevista en elcolombiano.com sobre la articulación PODER / RED.
El terremoto bitcoin
El tema bitcoin está en boga en las últimas semanas a partir del corralito chipriota, que le pegó duro a los mercados financieros del mundo y disparó el interés por la divisa virtual entre inversores del mundo y entre consumidores de a pie en España (por aquello de protegerse contra una situación similar). Entre tanta información pueden vislumbrarse por lo menos dos visiones interesantes desde donde analizar la “moneda”.
Una primera visión es la netamente económica, dada por gente como Krugman, Sala i Martin, Ryan Avent, Roubini o Llach, que hablan de bitcoin en términos de instrumento financiero o económico, llegando algunos de ellos al punto de analizarla en pie de igualdad con otros instrumentos, sin importar si ven virtudes en ella o solo una burbuja. Claro que están también los escépticos puros y duros.
La segunda visión es de quienes consideran a la bitcoin más como un nuevo fenómeno sísmico del “mundo digital’’ (que es igual a decir el mundo real,¿no @nmavrakis?), un fenómeno llamado a crear nuevos paradigmas.
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El toro mecánico

Estas reseñas, notas y entrevistas se publicaron en papel y fueron pensadas y producidas en el marco preciso de la demanda del reino del mercado editorial, especie periodismo, categoría cultural. Como ocurre con cualquier tecnología hundida en el ocaso, el periodismo siempre puede utilizarse a la manera de esos toros indómitos de metal que aparecían en las películas norteamericanas del siglo pasado y que servían para entretenerse montando al estilo rodeo (nuestra versión autóctona sería la doma), en el fondo acolchonado de un bar. Jamás subí a una de esas máquinas, pero la imagen de esa naturaleza desbocada transformada en un mecanismo brutal sin pies, cola, ni cabeza, extracta también la certeza de que la caída, a pesar de la artificialidad del riesgo, puede doler. Reseñar un libro, redactar una nota o entrevistar a un autor para un medio periodístico es, si se me permite la metáfora, tan irrelevante a los fines de una intervención singular y efectiva en el campo cultural como montar un toro mecánico en esos oscuros bares para rednecks y creerse un cowboy (nuestra versión autóctona sería un gaucho). Aún así, el riesgo de la caída y del golpe, aunque estrictamente privado e invisible, existe. Se trata, entonces, de montar al toro mecánico con la mayor decencia posible, al menos por motivos entendiblemente narcisistas o, como podrá decodificarlo alguna sensibilidad más cómoda en la retórica de los recursos humanos, por motivos necesariamente profesionales.
El software libre de Gabriella Coleman
Cuando aplicados al software, los términos libre y abiertos son distintivos, aunque con frecuencia se usan como sinónimos (…) el término software libre enfatiza, ante todo, el derecho a aprender y a acceder al conocimiento, mientras que el código abierto tiende a señalar beneficios prácticos.
(…)
[Los hackers] formulan la libertad como la condición necesaria de los individuos para desarrollar la capacidad de pensamiento crítico y autodesarrollo.
En febrero, América Movil (la dueña de Claro) anunció que apostaba por Firefox para incrementar sus ganancias. Que la empresa del hombre más rico del mundo elija acostarse con productos hechos sin fines de lucro por decenas de voluntarios debería parecer, a primera vista, llamativo, pero más que llamativo es indicativo de la expansión de un cambio cultural e ideológico al que no se le da suficiente lugar ni importancia.
El software libre está en todos lados y motoriza nuestra vidas. Será una verdad de perogrullo pero es una que no podemos cansarnos de repetir. El software libre puede encontrarse detrás de google.com y en Oracle o en el gobierno argentino y en Clarin. La importancia del software libre es tanta para nuestras vidas como lo es cualquiera de las ideologías más dominantes en las que podamos pensar: económicas, políticas, etc.
Sin software libre, nuestras vidas serían otras y su influencia solo irá en aumento, como demuestra la sociedad America Movil-Firefox. ¿Por qué entonces no hay más análisis, más explicaciones, más cobertura de semejante ideología y movimiento? ¿Por qué no hablamos en el día a díad el software libre como quien habla de derecha e izquierda?
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Tres lecturas
El fin del periodismo
El sábado en La Nación online. Una nota que sintetiza cierto malestar en la cultura periodística. El asunto es la crítica que un conductor del noticiario de Canal 7 le hizo al diputado Larroque por el hecho de repartir donaciones como si fueran dádivas partidarias. La noticia online se publica al día siguiente; esto, en términos actuales, es algo así como unos meses después de los hechos. El texto no propone más que una reconstrucción del incidente. Hay un desacierto tecnológico grave -finalmente, el inevitable desacierto de un editor- cuando la web narra a la televisión. El desacierto se vuelve estético cuando para ilustrar esa narración recurren a plataformas como YouTube. Un juego de mamushkas pero invertido, de la obsolecencia menor a la obsolecencia mayor. Primero, el aura agotada de la palabra escrita del soporte papel se traslada sin diferencias al soporte digital. Leo en internet sobre algo que pasó ayer: eso ya es un problema. Si entre uno y otro episodio se siente un lapso de meses, la relevancia relativa del texto se desvanece más ante la instantaneidad del video. Veo en internet algo que pasó ayer en televisión y ahora parecen haber pasado años entre el texto y la imagen.
Por último, la nota añade que todo fue muy discutido en Twitter. Un par de capturas de pantalla de un timeline recorta el instante de la dinámica random de un flujo de usuarios cualquiera. Leo y veo en internet algo que pasó ayer en televisión y se discutió hace muchísimas horas en Twitter. Es la elocuencia boba del soporte audiovisual la que vuelve a cero bajo la fuerza del discurso caótico de las redes sociales que lo llena y lo vacía y lo vuelve a llenar y lo vuelve a vaciar de sentido. La impresión final es que la lectura, en un diario online, de algo que pasó en la televisión y que luego fue atravesado por Twitter (en el lapso de cinco minutos olvidables que para La Nación online deviene casi veinticuatro horas) se percibe en términos cronológicos como una experiencia tan insoportable como un viaje a Saturno en carreta.
Egotastic!
Egotastic! es uno de los mejores sitios online del mundo.
Casi todos sus contenidos llegan días más tarde a los sitios argentinos (que no citan la fuente) y semanas más tarde a las revistas de papel (que todavía pagan derechos para imprimir fotos sobre papel satinado y vender publicidad junto a rótulos como información internacional). Esto quiere decir que, como los cuerpos de hackers de elite entrenados por el gobierno chino para sabotear a los Estados Unidos, los drones europeos que vuelan sobre territorio civil para sabotear intimidades y la última convención privada en Davos, donde los veinte bancos más grandes del mundo concertaron no mejorar la seguridad informática de los cajeros automáticos y responsabilizar a los clientes ante cualquier robo, Egostastic!, como la fe de los primeros cristianos y las leyes de la termodinámica, ha llevado adelante una existencia intransigente y subterránea para la mayor parte de quienes viven, consumen y mueren sin saber nunca por qué.
Los robots reemplazan periodistas
Qué doloroso puede resultar este titular en las redacciones de periódicos que están padeciendo la reducción de sus plantillas de periodistas.
Que la audiencia ya no lee, que la brevedad de Twitter reduce una noticia completa y desarrollada a un mero titular, que la multiplicidad de ofertas informativas menguó la cantidad de lectores, que ya no se consume periodismo…
Ley drone
¿Sueñan los drones con legislación eléctrica? Mientras los soldados del futuro rastrean y eliminan a sus blancos con precisión de cazadores y sin otra intervención humana que la orden que los coloque en marcha desde cualquier punto del mundo, intelectuales, académicos y activistas contra los “robots asesinos” han comenzado una campaña para concientizar al público en general y a los estados en particular sobre la urgencia de una legislación que controle el “desarrollo, producción y uso de armas completamente autónomas”.
Como en las mejores películas de ciencia ficción, la pregunta moral acerca de una tecnología diseñada para escapar de los laberintos de la conciencia humana se profundiza a la misma velocidad que los drones perfeccionan su arte de la guerra: en uno de sus últimos documentos, el Departamento de Defensa de los Estados Unidos afirma que ha sido aprobada la capacidad de los drones para seleccionar y atacar blancos “sin intervención del operador humano”.
Pero la posibilidad de que un drone liberado a su criterio algorítmico convierta en territorio de batalla cualquiera espacio o que la vital diferencia entre aliados y enemigos –fueren militares o civiles– desaparezca repentinamente no sólo es un buen argumento cinematográfico. Por un lado, ha sido demostrado que las órdenes de un drone pueden hackearse desde tierra con el software adecuado; por otro, la velocidad supersónica de las últimas versiones de estas naves no tripuladas ha logrado disminuir casi a cero el margen de reacción humana para corregir errores. Ante ambos escenarios, las consecuencias resultarían devastadoras para todos los involucrados. A excepción del drone.
Gratitud a los Piratas
Hasta hoy no tenía la versión final que se imprimió de mi libro Hackear el periodismo. Algunos amigos y colegas me habían pedido que les envíe el pdf. Creo que no me creyeron cuando les dije la verdad: no tengo la última versión, la que se imprimió. Cuando envié a la editorial los últimos cambios y correcciones, en un archivo sobre el que trabajamos, los editores se encargaron de incorporarlos al documento final que fue a la imprenta. De hecho la última versión que yo tengo lleva otro título. Ni siquiera pude escanearlo porque tampoco tengo un ejemplar impreso. Los que me envió gentilmente la editorial los regalé. No puedo tener mi propio libro en mi casa, me parece que no da, que no corresponde, que sería un acto de autobombo doméstico bastante patético. En mi biblioteca están los libros que leí, los que escribo deben estar en bibliotecas de otros. Y si lo hubiese tenido tampoco lo hubiera subido a internet: la “piratería” sobre la propia obra es en alguna medida un reconocimiento que uno no debe promover.
Dos años y medio después de haber escrito Hackear el periodismo, encontré unas versiones escaneadas y publicadas en la Red. Me descargué, entonces, “ilegalmente”, una copia. Quizá es porque no me gano la vida publicando libros, pero descargar el propio es una experiencia interesante, nueva para mi. No tengo idea qué pensarán en la editorial, que tan bien me han tratado siempre y a quienes estoy agradecido. Pero para ser 100% honesto, ahora también debo agradecer a los piratas. Que alguien compre tu libro, lo lea, se tome el tiempo de escanearlo y luego de subirlo a Internet para que otros lo lean es, de nuevo, en alguna medida, un reconocimiento.




